Enrique Gómez Carrillo, un guatemalteco imaginando el Amor en Constantinopla

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«…nada es tan apasionante, tan vivo, tan lleno de interés,

como la confesión sincera y sutil de un ser humano

en los breves minutos que van del deseo al espasmo»

E. Gómez Carrillo

Enrique Gómez Carrillo (1873-1927) siempre se consideró a sí mismo como ciudadano del mundo y dejó claro a través de su obra, que si nació en Guatemala fue por puro accidente. Era hijo de un criollo conservador que atesoraba vetustos pergaminos de su linaje en España y de una ciudadana belga nacida en San Salvador cuando el padre de ésta llegó a Centroamérica como parte de una misión del rey Leopoldo. Su familia huyó de Guatemala luego que triunfó la revolución liberal, que buscaba la formación de un estado moderno y la (re)unificación centroamericana, y volvió del exilio cuando cayó en combate el caudillo Justo Rufino Barrios en 1885.

Su naturaleza iconoclasta —usando acá el término en el sentido moderno de la palabra: quien rechaza la reconocida autoridad de maestros, normas y modelos—, le separó rápidamente del orden literario de la bostezante Guatemala decimonónica. Su primer trabajo conocido le dio cierta fama en la ciudad, cuando a los 16 años escribió una incisiva crítica a la obra del escritor romántico José Milla y Vidaurre (1822-1882), baluarte de la cultura guatemalteca de la época y a quien calificó de «fastidioso y áptero».

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LAS NOVELAS “UTÓPICAS” DE RAFAEL ARÉVALO MARTÍNEZ

Arevalo
Rafael Arévalo Martínez (1884 -1975)

Emiliano Coello Gutiérrez

Revista electrónica de estudios hispánicos

Aunque la huella de la máxima novela de Cervantes en la literatura arevaliana no es muy profunda, sí puede comprobarse que a lo largo de la producción del guatemalteco hay continuas alusiones a El Quijote, lo que indica que tenía esta novela en un lugar muy especial de su memoria.

Por ejemplo, en Una vida (1914), narración autobiográfica, mencionando el modo de leer en su juventud, el autor dice: “Los días de claro en claro y las noches de turbio en turbio ya se sabe que generan Quijotes. Toda mi naturaleza se había acostumbrado a aquella droga sedante de una continua lectura. La ficción me es desde entonces precisa como el alcohol al beodo”. En La oficina de paz de Orolandia (1925), ante el comportamiento extravagante de un empleado que llora por haber perdido una estatua para él muy querida, el narrador afirma: “Aquello fue una repetición de la escena entre Sancho y su rucio”. Y en Las Noches en el Palacio de la Nunciatura (1927), Arévalo se refiere al poeta Porfirio Barba Jacob como “una evocación de Don Quijote revivido en esta edad; un Don Quijote degenerado y seleccionado a la vez”.

Asimismo, en los versos del guatemalteco, El Quijote es un libro al que remiten poemas como “Locura”, “Canto al Arcipreste de Hita”, “Sancho Panza contemporáneo” o “Canto a las frases, los mares y las penínsulas”.

Pero lo que realmente interesa aquí es la relación de El Quijote con las novelas El mundo de los maharachías (1938) y Viaje a Ipanda (1939), sobre todo con la primera. Hay en la misma un Post-Scriptum muy cervantino por varias razones. Sabemos que en el episodio de la Alcaná de Toledo (capítulo IX de El Quijote, I) Cervantes dice encontrarse varios pergaminos con la historia de Don Quijote firmada por el moro Cide Hamete Benengeli. Estos pliegos los traduce del árabe, con grandes risotadas, un morisco aljamiado en una de las tiendas. Es decir, Cervantes ni siquiera asume el papel de traductor de la obra, sino que se presenta como un mero copista o divulgador de la misma. Con Arévalo ocurre igualmente: no es él, sino un diplomático hispanoamericano quien ha obtenido las novelas de ciencia ficción del “astral”5. Éste las entrega a nuestro autor para que, por vía de sus influencias en el medio literario, las publique.

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