Vigencia de Maquiavelo

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Por: Mimí Díaz Lozano

Maquiavelo dio a su concepción una forma imaginativa y artística, imprimiéndole un sentido tan emotivo como intelectual en lo que concierne a como debe ser “El Príncipe” mítico (no existía en la realidad histórica) para conducir a un pueblo a la fundación de un nuevo Estado

El carácter fundamental de “El Príncipe”, la obra menos extensa de Maquiavelo y que ha suscitado una serie de prejuicios y de interpretaciones equivocadas, no es el de ser un tratado sistemático sino, como diría Gramsci, un libro “viviente donde la ideología política y la ciencia política se fundan en la forma dramática del “mito”. Maquiavelo dio a su concepción una forma imaginativa y artística, imprimiéndole un sentido tan emotivo como intelectual en lo que concierne a como debe ser “El Príncipe” mítico (no existía en la realidad histórica) para conducir a un pueblo a la fundación de un nuevo Estado. Como establece también Gramsci “En la conclusión, Maquiavelo mismo se vuelve pueblo, se confunde con el pueblo… Parece como si todo el trabajo “lógico” no fuera otra cosa que una autorreflexión del pueblo, un razonamiento interno que se hace en la conciencia popular y que concluye con un grito apasionado, inmediato”.

Para hacerle honor a Maquiavelo, fue un pensador que se adelantó muchos siglos a la evolución humana, formulando, para el caso, pensamientos hoy perfectamente válidos. Ello, en virtud de sus cuidadosas conclusiones sobre la humanidad entera a través de la humanidad de su tiempo a la cual criticó severamente, mucho más que otros moralistas calificados de rigurosos, pero tal vez no tan positivamente austeros como este crítico escandalizado de la estulticia humana.

Perfectamente válido en nuestros tiempos como en cualquier otro, es su concepto sobre la guerra, denunciando sus horrores, sus crímenes y sus desastrosas consecuencias. “El propósito –dice– de cuantos emprenden una guerra siempre fue… enriquecerse y empobrecer al enemigo. Las victorias y las conquistas se apetecen para aumentar el poderío del vencedor y debilitar al adversario… Los monarcas o las repúblicas se enriquecen con la guerra cuando extenuado el enemigo, son dueños del botín y de los tributos.

Recuérdese que la idea fundamental de Maquiavelo era la de una Italia unida y no feudalizada en la que, de alguna manera, se recuperaran las instituciones del Derecho romano y de su anterior prestigio. Pero para lograr este objetivo no era precisamente la guerra lo más válido si se toma en cuenta el siguiente párrafo: “Prevaleció la opinión de los que querían prepararse para la guerra sobre la de los que deseaban continuase la organización propicia para la paz… asoldaron tropas y establecieron nuevos impuestos. Por gravar estos más a los ciudadanos de las clases inferiores que a los de las superiores, fueron objeto de numerosas reclamaciones, censurando todos la ambición y la avaricia de los potentados y acusándolos de que para satisfacer sus ambiciones y oprimir al pueblo, provocaban una guerra innecesaria”.

Se puede apreciar que los problemas que Maquiavelo analiza se parecen en mucho a los de las guerras de hoy sólo que a estos últimos habría que obviamente verlos a través de un lente de gran aumento. Otra acuciosa observación de Maquiavelo que, para el caso, está vigente en lo que respecta, por ejemplo, a Latinoamérica, es la que él señala aludiendo a las ciudades de Italia: “La común corrupción de todas las ciudades… ha corrompido y corrompe aún la nuestra (Florencia). No teniendo freno que las contuviera, se han gobernado no conforme a los principios de libertad sino a los intereses de los bandos que las dividen. De esto han nacido los demás males, los demás desórdenes suscitados. No existe unión ni amistad entre los conciudadanos, sino entre los que traman alguna maldad contra la patria o contra los particulares. Extinguidos en todos el sentido religioso y el temor a Dios, el juramento y la palabra empeñada sólo se cumplen cuando conviene. De ellos se valen los hombres… como recurso para engañar más cómodamente y cuanto más fácil y seguro es el engaño, tanto más se alaba y glorifica. De aquí que al perverso se lo califique de ingenioso, y al bueno se lo moteje de estúpido… De aquí también nace la avaricia… la sed no de verdadera gloria, sino de vituperable fama; de aquí los odios, las enemistades, los destierros, la aflicción de los buenos, el engrandecimiento de los perversos… Las leyes y los reglamentos no se hacen por utilidad pública sino por interés privado… Las leyes, los estatutos, la organización civil se han formado y se forman, no con arreglo a los principios de libertad sino conforme a la ambición del bando triunfante”.

Lo que constituye la supuesta inmoralidad de Maquiavelo es la descripción del hombre tal cual es y no tal como debiera ser. Para él no existe la simulación ni la hipocresía al describirlo. “Así son, así actúan, así reaccionan”.

En la comedia picaresca “La Mandrágora” se burla de la conducta de la humanidad. Pero también, con cierta amargura, le dice a El Príncipe: “Porque puede decirse que todos los hombres en general son ingratos, falsos, inconstantes, cobardes ante el peligro y ávidos de ganancias”.

Es cierto que en “El Príncipe” pueden encontrarse consejos y sugerencias e incitaciones hacia una conducta que no es precisamente ajustada a los cánones éticos de su tiempo y de su medio. Pero esos mismos consejos son los que dan lugar a los más graves cargos contra Maquiavelo y que no constituyen sino el resultado de una clara y continua experiencia sobre los hombres y su conducta, conducta que parece repetirse a lo largo de todos los tiempos. “Al referir los acontecimientos de este siglo corrompido no se hablará del esfuerzo… ni del valor… ni del amor a la patria de los ciudadanos; pero sí de cuales engaños, de cuales astucias y artes los príncipes, los soldados y los jefes de la república se valían para mantener una reputación que no habían merecido”.

O sea que si Maquiavelo describe la maldad es para despreciarla y evitarla. En ninguno de sus escritos deja de censurar o cuando menos de ironizar la mala conducta. Así, “Deseaba Sforza la posesión de Pavia, pareciéndole que era buen principio para realizar sus proyectos; y le contenía el temor y la vergüenza el perder y no el adquirir con engaño…” ¿Qué podría decirse en los actuales momentos sobre la existencia de esos grandes hombres que para el caso, en nuestra Centroamérica, incumplen sin el menor pudor su pacto de caballeros? De esos grandes hombres a que alude Maquiavelo irónicamente envilecidos por la avaricia y cuyos execrables ejemplos se aprecian no únicamente en su conducta personal y privada sino incluso en la de los gobernantes tanto en su calidad de individuos como de representantes de sus instituciones. No tenemos más que abrir cualquier periódico del día, y encontraremos muy ricos ejemplos de los mismos vicios que Maquiavelo fustiga. ¿Va a acusarse al censor y no a los censurados? Parécenos que el odio y la maldad de los acusados salpicó a Maquiavelo ¡tanto se revolvieron en él, y se siguen revolviendo los acusados!

“Ninguna acción humana tiene mayor precio que las encaminadas a reformar (es decir volver a formar) con leyes e instituciones las repúblicas y los reinos”. La ley es la formadora de una nación, de un país. La ley es la base de la convivencia humana civilizada.

Los siguientes párrafos entresacados de sus diversas opiniones y juicios sobre las leyes, ilustran aún más lo que la organización legal de la humanidad significa para Maquiavelo. Así, el título del capítulo XLV de los Discursos sobre Tito Livio reza: “Es de mal ejemplo no observar una ley hecha, máxime si son sus autores quienes dejan de cumplirlas; y peligrosísimo para los que gobiernan un Estado tener en continua incertidumbre la seguridad personal”. Y luego: “… pues creo que lo de peor ejemplo en una república es hacer una ley y no cumplirla, sobre todo si la inobservancia es por parte de quien la ha hecho”.

Así muestra Maquiavelo el poder y la importancia de la actuación humana traducida en leyes que pueden modificar o ayudar a modificar a los Estados. Tal vez por esto Montesquieu escribe más tarde su “Espíritu de las Leyes” y encuentra en ellas el desenvolvimiento de la historia.

 

 

 

Mimí Díaz Lozano. Narradora hondureña, quien con el libro de cuentos “Sendas en el abismo” fuera precursora de la literatura de vanguardia en su país. Nació en el año 1928 en Honduras. Realizó estudios de Literatura en México, comenzó estudios defilosofía y música en GuatemalaColaboró con el diario El Cronista y actualmente lo hace con el diario Tiempo, además, ha escritoensayos para distintos periódicos de Centroamérica.

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