EL CONCEPTO DE RAZA Y LA NARRATIVA NACIONAL DE COSTA RICA

20

Tercera parte de RACISMO INTELECTUAL EN COSTA RICA Y GUATEMALA, 1870-1920

Por Steven Palrner

Tal proyecto de unión centroamericana fue objeto de profundo escepticismo en Costa Rica, lo que se demostró con el rechazo público de los acuerdos preliminares sobre la Unión en 1921. Aunque el negociador principal de Costa Rica, Cleto González Víquez, se pronunció a favor del proyecto, él mismo había desempeñado un papel importante en fomentar y enraizar la idea de una raza costarricense pura y separada. En 1908, el entonces presidente González Víquez había explicado al Congreso Constitucional que “traer inmigrantes es aumentar población con elementos que no siempre resultan útiles y que, en todo caso, vienen a participar de las desventajas de ciudades y poblados sin higiene; sanear pueblos es aumentar y mejorar la población indígena [sic], que por razón de clima, costumbres, idioma y otras circunstancias, es la más apetecible”. Este era el razonamiento que justificaba la política que González Víquez luego denominaría “la auto-inmigración”: llevar al máximo la producción y la reproducción nacional, por medio de una baja en la tasa de mortalidad infantil y la implementación de medidas moral y biológicamente sanitarias en toda la República. El hecho de que González Víquez utilizara la frase “población indígena” para describir a los ciudadanos de Costa Rica y el tenor de su comentario, son prueba importante de que, a comienzos del presente siglo, los intelectuales costarricenses ya compartían la idea de que la población existente era una raza singular, homogénea y nacional por naturaleza.”

No fue este el único aspecto en que la narrativa de la nación costarricense que se desarrolló hacia finales del siglo XIX demostró ser inversa a la narrativa guatemalteca. En lugar de abarcar todo el Istmo, la narrativa costarricense fue extremadamente local en alcance, extendiéndose en términos sociales sólo hasta los límites del Valle Central, el núcleo principal de asentamiento. De hecho, a pesar del anhelo unionista a menudo expresado por los líderes políticos costarricenses a partir de la declaración de independencia y durante la década de 1860 (debido a la creencia de que las micronaciones no eran viables), la narrativa que se desarrolló después de 1880 destacó solamente la reticencia de los costarricenses a tomar parte en las disputas partidarias de sus vecinos centroamericanos. Enfrentados con la amenaza guatemalteca de 1885, el carácter nacional se vio definido cada vez más en términos que lo distinguían del resto de Centroamérica: no era presa de amargos sectarismos, no era beligerante, no existían instituciones feudales que obstaculizaran su desarrollo, no era revolucionario y no era indígena ni mestizo. Al tiempo que el país se movilizaba para enfrentar a Barrios, la campaña de 1856 contra William Walker se trajo a colación como un símbolo de guerra de independencia nacional, no como campaña nacional centroamericana sino simplemente como la campaña nacional, y representada como modelo de unidad familiar y sacrificio patriótico por la preservación del orden de cosas en Costa Rica.

Los intelectuales costarricenses, como sus colegas guatemaltecos, se estaban convirtiendo en deterministas coloniales, con la diferencia de que los guatemaltecos sentían que dichas determinaciones tenían que ser superadas a fin de modernizar el país, mientras que los costarricenses insistían que la herencia colonial había sido inadvertidamente la causa de su buena suerte: ahora se proclamaba que había sido su aislamiento con respecto a España y Guatemala, su pobreza, insignificancia e ignorancia durante la época colonial lo que había dejado a Costa Rica con una división de la propiedad razonable, con tierra para expansión y una sociedad pequeña, asidua al trabajo y racialmente homogénea, en contra de las revoluciones y de la intervención en los asuntos de sus vecinos.

El distanciar al país de la herencia genealógica del recto de Centroamérica se convirtió en una de las principales preocupaciones de los intelectuales costarricenses. Es instructivo, por ejemplo, que los Elementos de Historia de Costa Rica de Francisco Montero Barrantes, empieza su narrativa con una biografía de Colón, ubicando así los orígenes nacionales de Costa Rica en España. En contraste, la Historia de América Central del guatemalteco José Milla, comisionado por el régimen de Barrios, empieza con un esbozo histórico de “las naciones que habitaban la América Central, a la llegada de los españoles”.

No existe mención del mestizaje en la obra de Montero Barrantes; su Geografía de Costa Rica, también utilizada como texto escolar, en donde declara que “con poquísima, casi insignificante diferencia, todos los habitantes de Costa Rica pertenecen a la raza blanca… La población es homogénea, y forma un todo compacto y unido por iguales vínculos de todas clases”.

Una obra más sofisticada, la Cartilla Histórica de Costa Rica, de Ricardo Fernández Guardia, fue capaz de acomodar una especie particular de mestizaje. Su texto nos informa que, aunque la conquista fue al inicio un desastre para los indios, “en cambio recibieron la religión y civilización cristianas, los ganados, plantas y artes del Viejo Mundo, el idioma castellano y otros bienes que ahora disfrutamos”. El mestizaje inherente en la evolución histórica de Costa Rica está implícito en la transición fluida de la segunda persona plural del pasado, a la primera persona plural del “nosotros” europeizado, contemporáneo. Sin embargo, Fernández Guardia destaca la preponderancia de lo blanco en este proceso de mestizaje. Los indígenas eran más débiles y, por razones que no se explican, “la raza indígena iba desapareciendo rápidamente” con el cierre de la época colonial. “Muchos de los conquistadores se casaron con indias. De estas uniones se originó la raza indoespañola o mestiza”. Según Fernández Guardia, “estas familias son las progenitoras de la gran mayoría de los costarricenses”.

Sin embargo, esos cincuenta y tantos conquistadores originales tenían genes de un poder mítico: eran “hombres de hierro, forjados por ocho siglos de guerra contra los moros”, una característica que permite al autor insistir en que sólo en cuatro de las repúblicas hispanoamericanas predominaba la raza blanca; una de ellas es Costa Rica. Las otras repúblicas son, por supuesto, Argentina, Chile y Uruguay, países con quien los costarricenses preeminentes querían compararse. Los intelectuales nacionales a veces reconocieron su ascendencia indígena, pero siempre relegándola a una época remota, al tiempo que negaban por completo la herencia africana. Desde esta perspectiva, el mestizaje nunca había llegado a manchar el desarrollo de un pueblo homogeneo y nacional que ellos concibieron como ya constituido al comenzar el siglo XX al declararse la Independencia y al crearse la República (dentro del discurso nacional se habían fundido los tres acontecimientos en un sólo momento, a pesar de que la Independencia llegó en 1821 y la República se creó en 18481.

Lowell Gudmundson ha arrojado importante luz sobre la cuestión de la asimilación racial en la Costa Rica decimonónica. Según Gudmundson, durante la primera mitad del siglo XIX, entre el 10 y el 20 por ciento de la población del altiplano costarricense era afroamericana, descendientes mufatos, pardos y negros de esclavos.

Al empezar el siglo, alrededor del 15 por ciento de la población se clasificaba como “indígena”. Aparte de una pequeña capa de “españoles”, el resto de la población era mestiza. Por razones que no han sido bien estudiadas, dichas distinciones oficiales desaparecen hacia finales de la primera mitad del siglo. Tal vez esto se dio en parte gracias a las crónicas de viaje de visitantes extranjeros, impresionados por la relativa escasez de población indígena y por la ausencia de agudas divisiones étnicas entre las poblaciones hispanoparlantes del Valle Central. Lo cierto es que desde muy temprano surge una designación oficial de la población mestiza y española como “blanca”.

Por ejemplo, en su texto de 1851, publicado para vender a Costa Rica en el exterior, Felipe Molina declara que el país tenía “90,000 blancos”, aunque agregaba a esta suma “10,000 indios, incluyendo las tribus salvajes”.

No obstante, como demuestran Gudmundson e Iván Molina, el “blanqueamiento” era una preocupación constante entre los pueblos

de Costa Rica durante el siglo XIX, y una estrategia de superación social. La existencia de esta corriente dentro de la cultura misma indica que la población estaba consciente de una importante heterogeneidad racial en Costa Rica”. A partir de la década de 1880, sin embargo, los liberales costarricenses negaron categóricamente la existencia de semejante diferenciación racial dentro de la población nacional. La ficción de una raza pura de costarricenses era creíble por varias razones.

Primero, los grupos que no podían aspirar a formar parte de la raza homogénea -los grupos indígenas, una buena parte de los guanacastecos y los negros anglicizados de Limón- vivían en las márgenes de la República, en términos geográficos, demográficos, políticos y económicos. Segundo, desde antes de1 siglo XIX, a pesar de la pérdida de tierras que sufrieron las comunidades indígenas como consecuencia de la expansión cafetalera, las actividades económicas más vitales en Costa Rica no se habían desarrollado mediante una explotación directamente basada en diferencias culturales o raciales.

Tercero, durante la primera mitad del siglo XIX, la población de la Meseta había compartido un repertorio cultural bastante parecido, y la diferenciación cultural que empezó a experimentar Costa Rica con el auge cafetalero se basó en divisiones espaciales (ciudadicampo) y clasistas y no estamentales. Los intelectuales costarricenses, entonces, disfrutaban el lujo de representar una nación históricamente de raza homogénea, y efectivamente blanca.

En las postrimerías del siglo, una sombra se veía caer sobre la narrativa nacional costarricense, la cual llegó a penetrar la cultura oficial en la forma de una creciente nostalgia por la perdida Edad de Oro de mitad del siglo XIX.

Este sinsabor era el resultado de dos factores: la creciente amenaza a la soberanía nacional que el intervencionismo e imperialismo estadounidense presentaban, y una ansiedad respecto al bienestar y la capacidad de crecer a través de la reproducción de esta laboriosa y pura raza costarricense. En la Francia de fin de siglo, la patología social era una preocupación seria, especialmente las decrecientes tasas de nacimientos (en comparación con las de Alemania, en particular); el equivalente costarricense eran las “sabidas…altas cifras de la mortalidad de la infancia”. La generalizada confianza en la raza nacional no permitía duda alguna acerca de la calidad innata del organismo.

La culpa más bien se le atribuyó a la deficiente higiene moral y física entre los sectores más pobres de la sociedad. Como solución, la casta intelectual favoreció una política estatal de protección social, o lo que Gonzalez Víquez había llamado “auto-inmigración”.

El lenguaje eugenésico de degeneración racial es ya evidente en Costa Rica en la Ley de Inmigración de 1897, con su larga lista de personas que deben ser excluidas por ser “nocivas al progreso y bienestar de la República”, porque, “por su raza, sus hábitos de vida y espíritu aventurero e inadaptable a un medio ambiente de orden y de trabajo, serían en el país motivo de degeneración fisiológica y elementos propicios para el desarrollo de la holganza y el vicio”.

Las mismas preocupaciones se hallan presentes en las primeras dos décadas de este siglo, con la introducción de los primeros programas de asistencia social, empezando con la campaña contra la anquilostomiasis (“la peor rémora para la prosperidad de nuestro país y para la conservación de nuestra raza”, al decir de un prominente funcionario de salud pública en 1907, hasta la declaración en 1913 por un criminólogo influyente de que existían clases criminales que eran “en su mayoría, ejemplares de los resultados de la ley de la evolución o selección natural, descubierta por Darwin”

Las mismas preocupaciones acerca del bienestar de la raza habían conducido, a partir de 1910, a una serie de obras filantrópicas, subvencionadas por el Estado, con el fin de mejorar las condiciones de la maternidad entre los pobres. Estos esfuerzos encontraron su última expresión estatal en 1930 con la creación del Patronato Nacional de la Infancia. Según Luis Felipe González Flores, su promotor principal y primer director, entre las metas principales del PANI estaban las del “control de la natalidad de las familias numerosas en las clases pobres; [y la] lucha contra el mestizaje para la selección racial y restricción para el mismo objeto de la inmigración indeseable”.

Este último objetivo podría ser la clave para la comprensión de la diferencia de estilos de racismo oficial elaborados por Guatemala y Costa Rica durante el período liberal. Aunque la gran mayoría de intelectuales latinoamericanos expresaron opiniones eugenésicas con respecto al arribo de nuevas razas no europeas a sus países (obsérvense las campañas de persecución contra los chinos durante el periodo de la raza cósmica en México), muchos de ellos llegaron a diferentes conclusiones con respecto a los grupos poblacionales históricos establecidos dentro de sus fronteras. En la narrativa nacional guatemalteca, la cantidad de indígenas del país fue 13 razón principal por la que la liberación y realización nacionales se vieran sólo como posibilidades futuras, mientras que en Costa Rica dicha realización colectiva, y constitución racial, era cada vez más interpretada como algo que se había dado en el pasado, y que ahora necesitaba ser preservado y protegido. Aún en el caso del joven Asturias, era el mestizaje el que prometía la vía de escape de la degeneración nacional en Guatemala; en Costa Rica, el mestizaje y la degeneración eran sinónimos.

Se podría afirmar que el discurso asimilacionista guatemalteco era enteramente vacuo e hipócrita, y que en ningún momento se vio acompañado por un esfuerzo serio para atenuar la explotación racialmente determinada del indígena. Se necesitan investigaciones adicionales sobre los años coyunturales de 1892 a 1894, a fin de resolver esta cuestión definitivamente. No obstante, vale la pena tener en cuenta que la peor pesadilla para los intelectuales guatemaltecos era la idea de que las comunidades indigenas siguieran existiendo dentro del Estado, con una relación antagonista hacia la Guatemala hispana, a punto de estallar en su organización política o en la violencia.

Paradójicamente, como lo ha señalado Carol Srnith, fue justamente dentro de este discurso de ansiedad cultural que los intelectuales de fines del siglo XIX, liberales en su mayoría, constituyeron a los indígenas como un antinacional dentro del cuerpo socio-político(y por consiguiente, como una nación indígena en cierne, pese a que dichas nociones de pan-indigenismo apenas empiezan a cuajar).

El discurso sobre el concepto de raza en Guatemala fue menos un indicador de política estatal que la huella de una comunidad intelectual urbana profundamente inquieta con respecto al nexo entre el Estado y el finquero. Se trataba de una comunidad cada vez más convencida de que no existía una base racional para el Estado guatemalteco.

Queda por determinar en investigaciones adicionales, qué consecuencias vivieron los costarricenses cuyas identidades no encajaban dentro del cuento de hadas racial del Valle Central como un crisol nacional homogéneo. Al mismo tiempo, la noción de una raza costarricense constituyó un ingrediente clave en un esfuerzo intelectual general y muy exitoso por separar la historia y la genealogía de Costa Rica respecto a las de Guatemala y por tejer un nacionalismo prepotente y hegemónico. Tan importante como lo anterior, es el hecho que esta supuesta homogeneidad racial se asoció con una ansiedad nostálgica y fue utilizada por los intelectuales, a fin de promover una política de protección social.

ANTERIOR: EL CONCEPTO DE NARRATIVA NACIONAL EN GUATEMALA

_____________

Steven Palmer es canadiense y obtuvo un doctorado en Historia Latinoamericana en la Columbia Universiry. Escribe en Great Eastern: Newfoundlandk Cultural iWagazine, es comentarista en la Canadian Broadcasting Corporation y realiza investigaciones sobre la historia de la política social de Costa Rica. Recientemente impartió cjtedn en la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica. El autor desea reconocer la generosa asistencia financiera doctoral y posdoctoral del Consejo para las Ciencias Sociales y las Humanidades de Canadá.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s