Enrique Gómez Carrillo, un guatemalteco imaginando el Amor en Constantinopla

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«…nada es tan apasionante, tan vivo, tan lleno de interés,

como la confesión sincera y sutil de un ser humano

en los breves minutos que van del deseo al espasmo»

E. Gómez Carrillo

Enrique Gómez Carrillo (1873-1927) siempre se consideró a sí mismo como ciudadano del mundo y dejó claro a través de su obra, que si nació en Guatemala fue por puro accidente. Era hijo de un criollo conservador que atesoraba vetustos pergaminos de su linaje en España y de una ciudadana belga nacida en San Salvador cuando el padre de ésta llegó a Centroamérica como parte de una misión del rey Leopoldo. Su familia huyó de Guatemala luego que triunfó la revolución liberal, que buscaba la formación de un estado moderno y la (re)unificación centroamericana, y volvió del exilio cuando cayó en combate el caudillo Justo Rufino Barrios en 1885.

Su naturaleza iconoclasta —usando acá el término en el sentido moderno de la palabra: quien rechaza la reconocida autoridad de maestros, normas y modelos—, le separó rápidamente del orden literario de la bostezante Guatemala decimonónica. Su primer trabajo conocido le dio cierta fama en la ciudad, cuando a los 16 años escribió una incisiva crítica a la obra del escritor romántico José Milla y Vidaurre (1822-1882), baluarte de la cultura guatemalteca de la época y a quien calificó de «fastidioso y áptero».

En 1890 comenzó a trabajar en El correo de la tarde, periódico fundado por el poeta Rubén Darío (1867-1916) durante su estadía en el país. Si bien algunos biógrafos cuentan que fue Darío quien consiguió la cita con el presidente Barillas —en eso coincide el mismo Rubén Darío—, en sus memorias 30 años de mi vida, Gómez Carrillo atribuye la cita —y posterior beca— a su propio talento. Sea como sea, el joven Gómez Carrillo salió rumbo a Europa en 1891, de donde no volvería más, sino brevemente en 1899.

Gómez Carrillo tenía 15 años cuando Rubén Darío publicó Azul (1888) en Valparaíso y vivió toda su vida bajo la influencia del modernismo. No ocultó su burlesco desdén por la España intelectual que conoció en los años impetuosos de su primera juventud, esa España retórica y fanfarrona, próxima a la derrota a manos de los Yanquis, donde ejercían su cacicazgo intelectual los postrománticos y seudoclásicos.

Eran los tiempos cuando la literatura hispanoamericana comenzaba a separarse de la peninsular; cuando el punto se impuso sobre la coma; lo directo sobre lo grandilocuente.

Gómez Carrillo, más interesado en la literatura viva, encontró en las tertulias de los cafés del Barrio Latino de París, el impulso que no hubiera podido encontrar en su provincial Guatemala. Allí conoció al “Fauno” Verlaine y se dejó encantar por el simbolismo y la bohemia; allí coincidió con Rubén Darío, Vargas Vila, Fombona, Augusto de Armas y Oscar Wilde. Era, en aquel tiempo, necesario leer a Gómez Carrillo para conocer el espíritu de los escritores más importantes de París.

Fue su época la edad de oro de la crónica de viaje. En los años previos al desarrollo del cine, las fronteras del mundo se achicaban con los avances en las comunicaciones y los lectores de los periódicos estaban hambrientos de descripciones que les permitieran imaginar al «Otro». Gómez Carrillo supo sacar provecho de su sensibilidad de periodista y escritor, plasmando esas descripciones en sus crónicas con exquisito talento, convirtiéndose en El príncipe de los cronistas de habla hispana, un arquetipo para los escritores del continente.

Tuvo dos etapas literarias bien marcadas en su carrera: una, en donde dejó de interesarse por el estilo castellano y lo repudió, compenetrándose del estilo francés en todas sus formas, desarrollando su manejo de la prosa; y la otra, en donde habiendo ampliado su cultura literaria, admiró el estilo castellano y a sus autores. Rubén Darío solía decir de Gómez Carrillo: «es un escritor francés que se traduce a sí mismo al castellano». Y tenía razón, pues Gómez Carrillo pensaba siempre en francés.

Cabe preguntarse, ¿por qué un autor tan exquisito como Gómez Carrillo no produjo más novelas durante su carrera literaria? Publicó cerca de 87 libros, de las cuales sólo 4 son novelas: Tres novelas inmorales: Del amor, del dolor y del vicio (1898), Bohemia sentimental (1899), Maravillas (1899) y El Evangelio del Amor (1922).

Quizás la respuesta venga del mismo Gómez Carrillo, quien según el prólogo escrito a la edición de El Evangelio del Amor de 1925 por Blasco Ibañez, se sentía incapaz de imaginar cualquier cosa: «…cuando comenta los acontecimientos de la vida corriente, nos habla siempre de sí mismo, de sus íntimas melancolías, de sus entusiasmos, de sus amores, de sus ilusiones, de sus pesares, todo de una manera indirecta, pero transparente.»

Esa es la esencia de sus obras: un gran afán de publicidad, una perenne necesidad de llamar la atención, de justificar su estilo de vida, sus hábitos y creencias, junto con un constante aburrimiento de todo y de todos.

Alfonso Enrique Barrientos, biógrafo de Gómez Carrillo, lo describe como un hombre de carácter inestable: «Varias veces cruzó los aceros o las balas de sus pistolas con adversarios duelísticos (sic) por motivos baladíes(…)Si bien el pintor español Alberto Sánchez aseguró, por su parte, que nunca fueron más de 18 duelos».

Durante trabajó como cónsul en Hamburgo para el tirano guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, Gómez Carrillo solía fingir duelos en defensa del honor del «Benemérito», que luego publicaba en sus crónicas en pequeños periódicos de la región. Esto le trajo problemas con el dictador, quien tomó esto como una burla y le escribió un telegrama recordándole que su misión estaba en Hamburgo, no en París y ordenándole que dejara de batirse en duelos e hiciera el trabajo para el que se le pagaba.

Estuvo casado tres veces, la primera con la escritora peruana Zoila Aurora Cáceres, hija de un famoso mariscal, héroe de la guerra contra Chile, con quien rápidamente chocó y terminó en malos términos. La segunda vez con la actriz y cantante española Raquel Meller, con quien mantuvo un matrimonio feliz por cuatro años y de quien se aburrió (porque Gómez Carrillo se aburría también de la felicidad). Y la tercera vez con la salvadoreña Consuelo Sunsín, quien luego de enviudarle se casó con el conde Antonio de Saint Exupéry. Todas ellas lo describen como un hombre de temperamento explosivo.

Sus divorcios publicitados por la prensa y sus propias crónicas le dieron fama de mujeriego y licencioso. No es de extrañarse que al final de la primera guerra mundial se le vinculara con el caso de la famosa Mata Hari, fusilada por espía en 1917. Y aunque él publicara un libro para exculparse, argumentando que no conocía a la bailarina javanesa, poco le creyó el mundo que estaba listo para sentenciarle. Su personalidad y el contenido erótico de su obra, le habían hecho ganador de los ataques de la sociedad puritana de la época.

Entonces surge El Evangelio del Amor, escrita entre 1918 y 1922, corregida y editada en 1925. A criterio del autor: su mejor obra. La novela cuenta el conflicto entre el amor a Dios y el amor carnal, y argumenta que a través del amor carnal se llega a Dios. Es la forma como Enrique Gómez Carrillo nos explica, de una forma erudita, llena de citas y referencias clásicas, los parámetros que rigen su vida y su conducta.

El Evangelio del amo

LA NOVELA EL EVANGELIO DEL AMOR

«Nomen est omen» decían los romanos: El nombre es destino. De esa forma, Enrique Gómez Carrillo nombró sus personajes con sumo cuidado, indicándonos desde el inicio la característica iconoclasta de la novela.

El Conde Teófilo Constantino de Tracia tiene su nombre basado en dos pilares de la historia religiosa del imperio bizantino: Teófilo (quien ama a Dios) fue Emperador entre 829 y 842, el último emperador iconoclasta (hablando del episodio ocurrido en el Imperio Bizantino a partir del siglo VIII, por el que se impone la prohibición de venerar las imágenes religiosas en todo el territorio imperial) que promulgó una serie de edictos que convirtieron en ilegal el culto de los íconos; Constantino, que es el nombre del primer emperador cristiano de Roma (306-337), fundador de la iglesia católica y de la ciudad de Constantinopla, y es el nombre también del último emperador bizantino que murió en combate contra los turcos otomanos a la caída de la ciudad en 1453; y por último la región de Tracia, de donde proviene Teófilo, que es la región del imperio en donde estaba ubicada la ciudad de Constantinopla.

La princesa Eudosia (en griego, la afamada) de la familia Cantacuceno, es hija de una de las casas más influyentes de Bizancio, enriquecida a partir de las campañas contra los húngaros y las cruzadas. Los Cantacucenos proporcionaron varios gobernadores y generales importantes, así como dos emperadores.  Si bien Eudosia es un personaje secundario en la trama, que se mueve por los conflictos internos de Teófilo, es a través de ella que conocemos de los rituales domésticos de la alta sociedad del imperio de Oriente.

De esta forma Gómez Carrillo nos presenta dos personajes nobles, sumamente devotos de la iglesia ortodoxa a quienes ubica en medio de un período de intensa crisis política en Bizancio:

Desesperado por los constantes ataques turcos, el emperador Alejo pidió ayuda al Papa Urbano II para que enviara voluntarios a reconquistar Jerusalén. Así llegaron los primeros cruzados en 1096 —lo que creó un peligroso precedente—. Posteriormente otros emperadores pedirían ayuda a Roma, la que se traduciría en más cruzadas: 1147, 1187 y la última que fue en 1202.

Esta última cruzada, a diferencia de las otras que eran contra musulmanes turcos, fue usada para cambiar la balanza del poder interno del imperio. El Emperador Alejo IV, joven aún, solicitó la asistencia de los cruzados para reclamar el trono del imperio usurpado por su tío Alejo III, con la promesa de un cuantioso botín al vencer. Legendarias eran las riquezas del gran Imperio Bizantino. Los cruzados tomaron la ciudad sin mayor esfuerzo, apoyados por elementos leales al joven Emperador. Pero las arcas del imperio estaban vacías y el Emperador no tenía forma de pagar a los cruzados que al sentirse engañados saquearon la ciudad. Mataron al joven Emperador y a su padre Isaac II y se apoderaron del trono imperial, dando inicio a lo que luego se conocería como Imperio Latino, que habría de durar poco más de 60 años.

Aunque el Emperador Miguel VIII logró recuperar el imperio de manos de los cruzados, el tesoro, como las fuerzas de defensa, estaban seriamente afectados. Por esta razón, cuando los turcos otomanos comenzaron su avance hacia Constantinopla, no tenía otra opción que contratar mercenarios. Así llegaron los catalanes.

Los almogávares catalanes fueron considerados la mejor infantería de su época. Se caracterizaban por ser tropas de choque que combatían a pie, en una época cuando los ejércitos preferían la caballería. Tenían como jefe a Roger de Flor. Tras su llegada a territorio bizantino entraron en batalla contra los turcos, habiendo obtenido grandes éxitos en su lucha. En 1304, el emperador de Bizancio nombra césar a Roger de Flor, lo cual fomenta las intrigas palaciegas, pues se temía que los catalanes quisieran hacerse del trono como lo hicieron los cruzados 100 años antes. Tras pasar el invierno en Gallípoli, los almogávares planean regresar a su lucha contra los turcos, pero Miguel, hijo del emperador, invita a Roger de Flor a una celebración en su honor en Adrianópolis. Tras los festejos, unos mercenarios contratados para tal efecto, asesinan a Roger de Flor y a la guardia que lo acompañaba de unos 100 hombres: fue el 4 de abril de 1305. Los bizantinos confiaban que los almogávares, sin líderes, se rendirían. Pero éstos hicieron justo lo contrario: comienzan la llamada «venganza catalana». Arrasaron pueblos y aldeas, especialmente de la provincia de Tracia (de donde viene Teófilo Constantino). El Emperador mandó un gran ejército contra ellos, pero los almogávares se alzaron con la victoria matando a unos 26.000 bizantinos.

En esa batalla cae herido el joven conde Teófilo Constantino. De allí parte a Constantinopla en donde luego de recuperarse de las heridas se sumerge en el mundo de los placeres y las superficialidades de la corte bizantina. Dos años después, harto de esa vida «de pecado» y buscando la gracia de Dios, decide internarse en un monasterio del Monte Athos, único lugar donde para evitar las tentaciones sexuales, estaba prohibida la entrada a las mujeres. Pero el encierro y los suplicios a los que se somete por su fe le son insuficientes a Teófilo, que siente que Dios le llama a buscarlo en otros lares.

Es el regreso de Teófilo Constantino del Monte Athos, luego de dos años de enclaustramiento en el monasterio, que nos ilustra la decadencia del imperio: las provincias arrasadas por los catalanes, sus cultivos quemados, sus aldeas destruidas, los hombres muertos y las mujeres violadas, contrastan con la imagen de opulencia y paz que vive la ciudad imperial. Teófilo ya no es el mismo de antes y repudia las frivolidades, ve con horror como los nobles ignoran la destrucción que reina afuera de las murallas y sumergen sus horas entre el hedonismo y las intrigas de índole religiosa.

La religión era uno de los rasgos más característicos de la civilización bizantina, la Iglesia y el Estado, el Emperador y el Patriarca, estaban fusionados en el poder, al punto que en algunos momentos de la historia llegaron a suplantarse en sus atribuciones. Fue un importante factor de cohesión política y social en el Imperio, pero también fue un factor determinante en su eventual colapso, cuando las diferencias religiosas llevaron a abiertos enfrentamientos y conspiraciones que debilitaron el poder civil, menguando su capacidad de respuesta ante la avanzada musulmana que venía de oriente. 

Teófilo Constantino, sintiendo el llamado de Dios, descubre que su amor por Eudosia lo acerca a la divinidad, porque, según sus propias palabras, «el amor es un lazo que nos ata a otro ser con un fervor igual al que nos une a Jesús». Convencido de haber encontrado la verdadera esencia de los evangelios —cercana a la visión actual del cristianismo—, decide confrontarse con los más intransigentes dogmas de la fe ortodoxa, de la misma manera que el nazareno se confrontó a los fariseos, y con el mismo resultado.

Óscar Estrada

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