PANORAMA DE LA POESÍA HONDUREÑA (5)

03) El General Carías, en Zambrano, junto a su esposa,Juan Manuel Gálvez , Antonio C. Rivera y José María Albir, alias “pico de oro”, de boina.

PorOscar Castañeda Batres

El año de 1935 marca una crisis definitiva en la Historia de Honduras: se inicia el proceso de entronizamiento de la dictadura —auspiciada, y mantenida después, por las empresas imperialistas y por los grandes terratenientes— que va a durar hasta 1956. Con Carías, Juan Manuel Gálvez y Julio Lozano, el pueblo hondureño será privado de sus derechos, y sus mejores hombres perseguidos y aniquilados durante veintiún años.

Bajo este clima nuevo —que coincide con situaciones idénticas en todo Centroamérica, excepción hecha de Costa Rica— una nueva generación literaria surge en Honduras. Es la Generación de la Dictadura. Largo sería enumerar los nombres de quienes la integramos, porque abarca un amplísimo período, si nos atenemos a un criterio de condicionamiento para determinar lo generacional. Los escritores que desde 1935 hasta 1950 iniciaron su obra poética quedan englobados en esta generación.

Pero si sería largo enumerar nombres, es indudable que resulta fácil fijar la obra de estos escritores y poetas. La mayoría, situados dentro del sistema dictatorial, continuaron a la zaga de su tiempo y de su pueblo, ajenos a la tragedia de la nación. Unos por conveniencia, otros por miedo, los más por aislamiento, cultivaron una poesía de trasnochado sentimentalismo, de imaginario erotismo, de flor y nube. Su obra carece de interés y de valor literario, porque tampoco supieron salir de los moldes arcaicos o de los tópicos trillados de la poesía subjetiva. Citar nombres es innecesario.

Pocos —los menos— llegaron con impulso social a la poesía e hicieron de ella trinchera y bandera de inconformismo, de rebeldía. Quiero significar a esta generación a través de sus dos más destacados representativos.

Vicente Alemán h. (1912) es, sin duda, el más alto temperamento de poeta que haya producido Honduras. Por la poesía sacrificó hasta el nombre: adoptó para ella el seudónimo de Claudio Barrera, en su juventud primera; y desde entonces yace insepulto Vicente Alemán h.

En Claudio la poesía no fue ocupación precoz: fue primero niño, adolescente, hombre; y, siéndolo ya, sintió madurar dentro de sí el Verbo. No hubo en su obra angustias postizas ni tragedias falsificadas ni rimas trasnochadas a los amores imposibles, con todo y ser bohemio impenitente. “Comencé esta inofensiva costumbre de publicar versos —escribe él— allá por el año de 1937, cuando tenía 25 años, vividos entre una euforia adolescente y huraña”.

En Tokio, en 1939, se edita su primer libro: La pregunta infinita, poema elegiaco a la memoria de Marco A. Ponce. Parece como que, simbólicamente, Claudio hubiera querido iniciar su canto recogiendo la poesía de allí donde quedó truncado el rumbo nuevo: atleta olímpico que recoge el fuego sagrado para seguir la carrera. El hilar perenne de Marco —esa angustia vital que nunca ha de abandonarlo— es su primera confesión:

yo también hilo y deshilo

suertes en copas de sal…

Tres años después (1942), publica en Honduras Brotes hondos, donde se augura ya una nueva tónica en nuestra lírica, un mensaje que no estaba antes en nuestra poesía. Luego, en México, en 1944, publica Cantos democráticos al general Morazán, albor primero de poesía ciudadana consciente en aquel clima feudal en que la palabra misma democracia estaba prohibida. Morazán es el pretexto —como lo será más tarde en mi libro La estrella vulnerada— para anunciar —la Segunda Guerra tocaba a su término y parecía que una nueva era empezaría para el mundo— el fin de la noche hondureña:

Veremos desde ahora, por todos los horarios de la tierra,

marcar la hora propicia con rumbo a tu llegada.

Vienes en un momento terrible a nuestra suerte,

porque se juega el mundo su carta ensangrentada.

Después de los Cantos democráticos vinieron: Fechas de sangre (San Salvador, 1946), Las liturgias del sueño (San José de Costa Rica, 1948), Recuento de la imagen (Tegucigalpa, 1951), El ballet de las guarias y La niña de Fuenterrosa (Tegucigalpa, 1952) y La estrella y la cruz (Tegucigalpa, 1953). Finalmente, hace pocos años, decidió editar un volumen de Poesía completa, que bien sabemos será el primer volumen de ella, porque a sus 47 años fecundos está muy lejos de la pregunta infinita.

Claudio ha definido a la poesía y al poeta en dos poemas de largo aliento. En uno de ellos (El poeta), nos dice:

El poeta está parado frente al Universo.

Su canto viene por la vértebra de los siglos

y tiene sangre y espíritu.

A los pies del poeta corre un río de sangre

y al nivel de su espíritu corre un río de sueño.

Doble ubicación que define: los pies en la tierra, donde los hombres acuchillan el dolor humano; la frente alzada, al nivel del ideal, refrescando el porvenir en un río de sueños. No hay torre de marfil, ni predestinación, ni signo aristocrático en el poeta; no es tampoco el mensajero de la voz divina, sino el eco del dolor humano:

Yo no vengo investido con el humo del alma

para engañar al hombre con el humo divino…

Si la poesía no tiene atributos misteriosos, sobra todo hermetismo; si es humana, si es del hombre debe ser clara:

Pues inmortal el verso, tiene que ser sencillo

y ser de calicanto y de acero y de arrullo,

para que en la grandeza de este verso que es mío

lo descifres y luego comprendas que es el tuyo.

Claudio ha escrito —en el Recuento Inicial de su Poesía completa— cómo en los tiempos de la tiranía “los poetas no tenían carta de ciudadanía, estaban desterrados, no figuraban en los puestos públicos de alguna importancia y menos en los movimientos políticos de alguna importancia y menos en los movimientos políticos del país. Quizá por esa vagabundería espiritual —comenta—, todos sentimos una agradable simpatía por las luchas de los obreros unidos de la tierra”.

Esa solidaridad —así, tan claramente entendida y que en él comenzó a expresarse en los años, preñados de presagios, de la guerra civil española— no ha de abandonarlo nunca. Probablemente su definición de poeta-hombre quedó mejor dicha que nunca en sus poemas Lo sublime y La doble canción. Dice en el primero de ellos:

Nada me que ya, todo es de mis hermanos;

desde la fuerza ruda de mis manos

hasta el ansia febril de mis ideas.

Todo lo dí a la vida. Todo! Todo!

Y he llegado a notar, maravillado,

que después de haber dado

mi fuerza, mi dolor y mi creencia,

todo lo he recibido

sin haberlo pedido.

Sin haberlo esperado,

todo ha llegado a mí.

Es el gesto supremo de la bondad divina;

la sublime verdad,

porque al brindarle todo a mis hermanos

se llenaron de lumbre mis dos manos,

plenas de eternidad.

Y en La Doble Canción:

Yo, sembrador de ideas,

Tú, sembrador de trigo,

tendamos nuestras manos al pobre que es amigo.

Busquemos el abrigo

de todas nuestras penas

en un inmenso abrazo…

Juntemos nuestras penas

para aterrar verdugos.

Tú, que amasas la carne de todos mis mendrugos,

en pago quiero darte la lumbre en tu camino:

Los dos somos muy fuertes,

Pero somos cobardes con un mismo destino.

Plenitud del hombre consciente de que el saber es la obligación de dar, y que haciéndolo encuentra la única eternidad verdadera; solidaridad del poeta con el hombre del músculo, que nace de la convicción de que un mismo destino los ata, de que juntos han de salvarse o perderse.

El sentimiento solidario de Claudio por el hombre —es natural— comienza por los más humildes. Canta a la India de América:

India que traes la pialera andina

de los novillos hoscos de los llanos

y apersogas el alma de los hombres

con tus mugrientos hijos en la espalda…;

canta al negro:

quítate ese color nocturno y triste

y únete a nuestra marcha,

donde el color es algo vano

y donde tengas el derecho de triunfar codo a codo

o morir como hermano…;

y denuncia la explotación de los campos bananeros, donde

campesinos y obreros, enfermos y afligidos,

maldicen el crepúsculo, maldicen la alborada,

y en la cruz del silencio,

con el alma cansada, callada y mal herida,

marchan bajo del alba, maldiciendo la vida.

Pero hay un dolor mayúsculo en la poesía de Claudio Barrera: el dolor de su patria. Primero la cantó en la belleza sin igual de quien ha visto al ave antes de ver la herida, en su bellísimo poema El país párvulo:

La tierra en mi país tiene olor de recuerdos.

Si el pájaro hace un ángulo de heridas circulares,

los árboles meciéndose

le abren el corazón al viento

y cantan

—como si fuera una arpa de cristal y de plata.

La tierra en mi país tiene sabor de sueño.

Luego, en la hora terrible del hallazgo de la tragedia, cuando se palpa, aun sin quererlo, la llaga de la patria, le nace un dolor desesperado. Entonces, en su Canto a Tegucigalpa, toca la entraña viva de la tierra y se hace él mismo clamor horrendo, carne de su patria y de su pueblo:

Quiero decirte claro

lo que siento en las venas,

con tu sol y tu aliento.

Lo que miro en tu historia

Escrita a garabatos,

en la piedra, la tierra y el cemento.

En la dureza a plomo de tus hombres,

sin corazón ni verbo.

En la apacible esfinge sonrosada

de la mujer esclava y altanera;

mujer hecha de penas para las alboradas

y hecha también de lágrimas para la primavera.

Si tuviera, ciudad que saludarte,

a mi garganta oscura de mestizo legítimo

se enroscara el dolor

con intención tal vez de estrangularme.

Si tuviera que darte la mano,

sentiría la duda —tibia como la sangre—

corriendo locamente hasta el cansancio.

Si tuviera que amarte,

tendría que llevar pasta de santo

y engañarme contigo

en la dulzura absurda de otro canto.

No, no hay dulzura absurda posible, como la que los otros poetas balbucean mientras sangra la patria. Porque no es Tegucigalpa lo que Claudio en este poema deturpa y reniega: es la Honduras total, herida, maltrecha, humillada, cuyo espejo es la ciudad burocrática de la época negra de la dictadura cariísta: es esa patria que se abandona en las horas de desesperanza o que se tiene que dejar en la hora peor de la derrota.

Que triste es para ti, de seno maternal,

ver a tus hijos nuevos,

hechos con la madera más justa y más cabal,

crecer en lejanías, irse de tu regazo

como los ríos que se van al mar,

le dice el poeta a la patria, reflejando la cruel verdad de que aquella juventud de las décadas del treinta y cuarenta tuvo que salir de su país, sañudamente perseguida. Pero, desde el fondo de su alma de poeta-hombre, con fe en el porvenir, Claudio, amoroso, concluye:

Eres una esperanza desprendida al azar,

para que hombres futuros

echen el trigo fértil de la cosecha humana

y seas un camino de grandeza y de paz.

Y así, con toda el ansia, gritarte desde el tiempo:

¡Al fin nos comprendimos,

ya somos camaradas, ciudad!

Por eso te he elevado este canto tan duro

que nunca te dijeron poetas de otras edades,

porque es una parábola tendida hacia el futuro

que lleva el agrio y dulce sabor de las verdades.

Jacobo Cárcamo (1917-1959) hizo su primera aparición poética en 1935 con un poemario titulado Flores del alma, del cual dice Claudio Barrera que Jacobo habría dado cualquier cosa porque la edición se la hubiera tragado la tierra. Versos sensibleros, cuando no sencillamente prosaicos, canciones de ocasión, gracejadas con rima integran el libro, que Jacobo mismo me dijo alguna vez que desconocía como suyo. Es justo, pues, que lo citemos sólo como dato cronológico.

Tres años después publicó Brasas azules. Su aparición en Honduras no dejó de consternar a los críticos pueblerinos, escandalizados por las audacias de este poeta que sería para siempre —como lo ha dicho José Muñoz Cota— “caballero en metáforas magníficas”. Uno de esos artículos críticos encontraba a Jacobo incurso “en el pecado de las más absurdas fantasías, en que el gusto se eclipsa por la sombra de las más infandas estridencias”; pero Hostilio Lobo, poeta contemporáneo, advertía ya que “entre el ruido incoherente de una ramplona cascabelería, triunfa en Honduras una estética de campanario por demás curiosa; por esta razón el caso de Cárcamo es sorprendente”. Y agregaba: “Cárcamo, el poeta, nos trae un mensaje que es un evangelio de redención y, naturalmente, por ser redentor, no viene a meter paz, sino espada”.

Nada de extraño tiene que en aquel clima, ya francamente tiránico, Brasas azules provocara sospechas y anatemas. Jacobo empezaba a abrir su carcaj y muchas de las flechas venían a dar en peligroso blanco. Eran —aunque azules— brasas aquellos poemas escondidos, por motivos comprensibles, entre haikais y algunos cantos amorosos. La antífona del puño, por ejemplo, no podía ser bien oída en aquel país en que ya las cárceles y las fosas estaban abiertas para toda rebeldía:

Una mano abierta…

nada más triste que una mano abierta…

es la mano que pide,

la mano que se humilla

por el sol negro de un mendrugo

o por el ojo rojo de un centavo.

Oh, el entusiasmo vertical

de un puño en alto…

es como un mástil de orgullos

dispuesto a defenderse,

es como un botón de rebeldías

listo para reclamar.

Nada más bello,

nada más elegante

que alzar como una grímpola de fuego

la protesta redonda de una mano cerrada.

En este libro surge por primera vez el otro amor trascendental de Cárcamo —el primero fue Honduras: un amor desmedido al México del progreso y de la rebeldía:

Quiero cantar a México —pedazo de mi Patria—:

las fronteras se hunden en el mar de la unión;

arriba sólo brillan las olas de los hombres

y las espumas de la revolución.

Cuando Carías Andino no vacilaba, servil, en condenar la expropiación petrolera, Jacobo Cárcamo exclamaba en Tegucigalpa:

¡Lázaro Cárdenas,

lanza de lanzadas redentoras…!

Es realmente raro en la Honduras de 1938 este Jacobo Cárcamo, poeta alejado de la poesía subjetivista y exclamando del hombre:

Nada fuera de ti…

nada…

ni la fe en el futuro,

ni la gota de vidrio de los ojos,

ni el látigo que revienta los músculos

como granadas jóvenes;

o que grita del indio:

Mañana,

cuando la aurora de la justicia

extienda su paracaídas de luciérnagas

no serás indio:

serás hombre!

Camarada triste,

explotado,

sudoroso,

recoge tus gritos no gritados

para que salgan por tu boca hinchada

como un coro de soles.

Ten el ojo abierto…

Ten el puño listo

y espera la señal.

Jacobo se escapa, a sus veintiún años provincianos, de lo puramente local, porque ha comprendido que algo ominoso avanza sobre el mundo. Y alza su verso para servir a la causa mundial de la lucha contra el fascismo. Allí están su Canto a Miapa, su Canto a China, en el cual Mao Tsé-tung es

héroe de llamaradas en las manos,

orador de huracanes en la boca,

profesor de carbunclos en la mente;

el Retrato de Policarpo Candón:

Este retrato nítido

del hombre que en España,

golpeado por los turbios turbiones del fascismo,

se dobló como un roble de diamantes;

el Canto a España, con el pueblo español

Metido hasta los dientes en un río de sangre,

rodeado de paredes derribadas,

de mejillas de niños

y de senos de madres

mordidos de sangre;

y ese himno terrible de odio que denominó Palabras sobre estiércol, fulminante de náusea, repugnancia y asco por Francisco Franco.

Jacobo Cárcamo se ha bañado en las aguas lustrales de Pablo Neruda, el de España en el corazón, y ha hecho para siempre suya la causa de la lucha por el mañana, el combate contra las cadenas. Este Creyeron…es su profesión de fe:

Creyeron que estrujando tu garganta

matarían tu grito libertario.

Yo que te ví en el polvo

con las venas saltadas,

los ojos desbordados

y en el cuello

la huella lívida

de unos dedos cargados de anillos,

me acerqué

y poniendo el cuenco de mis manos en tus labios,

recogí tu grito

que levanto siempre

entre la esfera roja de mi puño.

Y, al fin, un día salió de Honduras. Vino a México, a este México donde habría de morir el 1° de agosto de 1959 y al cual cantó con la ternura que sólo fluye cuando se ha llegado a la esencia de su verdad.

Es aquí donde Jacobo Cárcamo va a crear lo perdurable de su poesía. Dos libros — Laurel de Anáhuac (1954) y Pino y sangre (1955)— con algunas producciones dispersas la contienen. En esa breve obra está hermanado el amor de sus dos patrias y su fundamental pasión por ese Hombre que, a fuerza de estar tan humillado y tan aplastado por fuerzas hostiles, escribimos con mayúscula. Porque la poesía de Cárcamo, que está hecha de vigor y metáfora, no tiene más temática que la superación del hombre, la conquista de la libertad y la justicia, el abrazo fraterno de todos los hombres que Beethoven elevó a la divinidad en su Novena Sinfonía.

Cárcamo era de nacionalidad humana; por eso su poesía está limpia de angustias metafísicas. El no encomienda la tarea del hombre ni pone su verdad en un hipotético más allá. Vivir es luchar, avanzar… La muerte es sólo una conclusión biológica, incapaz de matar un vivir real. Sólo quien desperdició su vida, o no la hizo plena, teme al morir. Mueren —dice él— el perro solo, la hormiga equivocada; y está muerto, aunque rebose salud, el hombre que no mira al porvenir. Entendido así este quehacer fecundo del vivir, no admira ver cómo este hombre comido por la tuberculosis, siempre en la linde de la miseria, viviendo mañanas negras por su eterna disipación noctívaga, mutilado interiormente por la cuchilla del cirujano, alejado de su paisaje nativo y huérfano ya de toda liga familiar, ha sabido cantar este himno tan vital y optimista, negador de la muerte:

CANTO A LA VIDA

Nadie cante a la muerte, si no sabe qué es vida…

Nadie podrá matarnos…

Nada podrá perdernos…

En la muerte se nace con más sangre y más sueño.

Muere quien no ha sabido vivir…

Mueren el perro solo,

la hormiga equivocada

y el hombre que no mira al porvenir.

Nuestra es la fuerza,

el ímpetu inmortal,

la vida de la muerte,

la muerte de la vida,

y esos ideales pulcros

que levantan cadáveres más allá de sepulcros.

Cuando se aprende a dirigir el hambre,

cuando se llega a rebasar el muro,

la muerte es una rosa deshojada

de pétalos visibles y seguros.

Que no nos llore nadie…

Queremos epitafios de venganza y de ira…

¡Qué grande la confianza de la muerte

junto a la fe profunda de la vida!

Vida la nuestra, larga hasta la estrella…

Muerte de un hombre por un mar de hombres.

Lucha del astro por su firmamento.

Que no nos llore nadie.

La mariposa es hombre enloquecido,

se quema en su esperanza…

El hombre va a la lumbre con sentido

y destruye con ella al enemigo.

El árbol es un hombre arrepentido,

cae y lo hacen fuego…

El hombre es siempre hombre, si ha vivido.

El hombre es doble árbol y mariposa viva…

¡Nadie cante a la muerte, si no sabe qué es vida!

Después de largos años de destierro, de un furioso exilio,

Lejos del verde cuenco de la patria,

afuera de su nítida naranja,

cuando despojado de toda amargura, antes bien encendido de rebeldías, siente que el emigrado es un laurel de hierro, Jacobo Cárcamo —que cantó a México y a sus héroes como pocos poetas mexicanos lo han hecho—, canta a su patria. Pero no es un canto de nostalgia, de dulzón recuerdo, un deliquio paisajista; no, es una definitiva profesión de luchador. El sabe que de las ruinas está surgiendo algo nuevo y grande y que el futuro será del pueblo; y entonces escribe su Pasaje para mi pueblo:

Yo arribaré a mi pueblo a reclamar por todos.

Y pasaré por sobre los potreros ajenos…

y, si caigo, han de verme caer sobre las milpas

haciendo el hambre trizas, encendiendo conciencias

y levantando puños como mazorcas vivas.

¡Ira santa la de Jacobo contra los tiranos de América, contra todos los tiranos! ¡Santa ira contra la guerra!

Cantemos a la guerra para decir su oprobio…

cantemos a la guerra…

denunciemos su órbita macabra

y el lodo que la impulsa

y el desolado imán que la repara.

Al perder a Cárcamo, Honduras ha perdido a su poeta épico, al poeta del hombre y del pueblo, al poeta de la libertad. Sean estas palabras mínimo homenaje de quien lo acompañó en su camino de infinita noche y de luz deslumbrante.

Y así llegamos a nuestros días. Nuevos vientos soplan sobre la patria. Y una juventud vigorosa, abierta ya a todos los rumbos de la vida y del pensamiento, escapada de las cárceles sombrías de la dictadura, se está alzando en la lucha por inaugurar una nacionalidad que se desquiciaba por obra de la ceguera y del entreguismo. Por fin, parece que el horizonte de los caudillos finaliza. Adviene, vigoroso, un impulso justiciero. Todo lo tenemos hoy en revisión: historia, literatura, política…

Y —es natural— con este despertar popular parece estar llegando una nueva hora de la poesía. Hay una generación que empieza de modo distinto, a caminar con pasos propios por los inagotables senderos del decir poético. La mayoría de sus integrantes están aún en los albores de la poesía; otros son firmes promesas; pocos van logrando cuajar una obra original.

(Hubo un desdichado joven que hace poco tiempo reanudó en Honduras el monólogo poético, la poesía de anécdota: Jorge Federico Travieso. En plena juventud, cuando su inteligencia hubiera sido útil en la obra de regeneración, víctima de aquellos factores señalados al hablar de Molina, buscó la única paz no apetecible en la violencia del pistoletazo. Con él parecen haberse suicidado —ojalá— el trasnochado retoricismo y el lugar común).

Entre los que comienzan a destacar —la última góndola— debe señalarse a Armando Zelaya, que cultiva el romance de contenido folklórico; David Moya Posas, con un lirismo pleno de metáforas, pero aún desvinculado de las cosas humanas; Jaime Fontana, que, en este mismo rumbo, es ya un sólido valor. Litza Quintana y Alba Rosa Suárez representan una femineidad plena, liberada ya. Felipe Elvir Rojas, Cecilio Zavala Martínez (Román Sevilla), Filadelfo Suazo, Oscar Acosta y Pompeyo del Valle destacan como poetas que han emprendido el viaje lírico hacia su mundo social, fundamentalmente este último que —en su Antología mínima— nos ha dado el anuncio de un gran poeta.

Nuestro horario poético parece marchar hacia una superación del verbalismo. Ahora se entiende que la palabra es sólo símbolo; y se busca inclusive torturar a las palabras para que arrojen todo su valor, todo su exacto contenido. Y el hombre está en el cogollo de la metáfora.

Tomado de la revista Cuadernos Americanos, año XX, N°6, México, D.F., noviembre y diciembre de 1961.

***

Tomado de la Segunda Edición (2008) de la Secretaría de Cultura, Artes y Deportes. Editorial Cultura que a su vez lo tomó de  la revista Cuadernos Americanos, año XX, N°6, México, D.F., noviembre y diciembre de 1961

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Un comentario en “PANORAMA DE LA POESÍA HONDUREÑA (5)

  1. Interesante el ensayo sobre la poesia hondureña. Solo tengo una observacion que hacerles, el texto corresponde al poeta Oscar Castañeda Batres, no al poeta Pompeyo del Valle, quien por obra y gracia de la vida sigue entre nosostros, compatiendiendonos su hermosa produccion literaria.

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