PANORAMA DE LA POESÍA HONDUREÑA (4)

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PorOscar Castañeda Batres

Luis Andrés Zúñiga (1878), que convivió con Darío en París, sólo ha llegado a publicar en volumen una parte de su obra (El banquete, 1920). Es, por antonomasia, el poeta laureado de Honduras: en 1916 se le premió por su drama Los conspiradores; antes había obtenido una flor natural por su poema Poeta y aldeano; y en 1926 se le volvió a laurear por su Himno al pino. Zúñiga es y sigue siendo un poeta romántico. Captó, o quiso captar, el tono primero del modernismo; pero jamás llegó a dominar el sortilegio de la metáfora. En nuestra historia poética se le ha de recordar un gran poema: Águilas conquistadoras, en el cual expresó su dolor de americano ante las agresiones imperialistas:

¡Oh, los hijos de Lincoln, que encendida

nos mostráis una espada fratricida:

vuestra espada es puñal!

¿Pensáis que nuestra aljaba está dormida?

¡Nunca duerme bajo el sol tropical!

El tono de la poesía de Luis Andrés Zúñiga lo da este soneto que él tituló La ribera encantada:

Algo del mundo dime, viajero afortunado.

Dime: ¿qué reina ahora? ¿Aún reina la doblez?

Que hace ya muchos años que estoy aquí encantado

de este lago en la orilla risueña en que me ves.

Yo vi de una hada joven el seno sonrosado:

surgiendo de esas aguas la sorprendí una vez

y sus divinas formas dejáronme hechizado.

Era su faz perfecta; lo mismo eran sus pies.

Y desde entonces sigo, por la dormida arena,

sus labios enervantes, su canto de sirena,

el canto más radioso que se escuchó jamás;

y he de vagar por siempre sobre esta inmensa orilla,

pues cuando huir intento de esta hada sin mancilla

sus pérfidos imanes me atraen más y más.

Compárese con la Pesca de sirenas, de Juan Ramón —por la similitud del tema— y se advertirá la diferencia entre éste y sus contemporáneos.

Augusto C. Coello (1884-1940), escritor de sociología y derecho, cultivó el poema como un deliquio de atardecer. Era suya el alma crepuscular que gusta ensayar la metáfora sencilla después de la faena. No pasará a ninguna antología. En Honduras es más conocido por ser autor del Himno Nacional. Y, sin embargo, tuvo aciertos poéticos, como éste —de tono claramente dariano— de su soneto Como el agua:

Como el agua de limpio y cristalino,

como el agua de puro y transparente,

como el agua cordial que en el camino

calma la angustia de la sed ardiente;

como el agua que copia el astro de oro

en el limpio cristal de su corriente;

como hilo de agua, diáfano y sonoro

y parlero y sutil y refulgente;

así quisiera ser… ¡Qué ansias, Dios mío,

de ser un fresco y candoroso río

en ignorada soledad florida!

¡O ser aire o ser piedra o no ser nada,

y no carne maldita condenada

a las hambrientas garras de la vida!.

En natural reacción contra el modernismo francamente en decadencia —y contra sus excesos formales, llevados ya a un grado de deshumanización de la poesía—, los nuevos líricos volvieron los ojos al romanticismo con toda su expresión sincera y —respetando los logros verdaderos del modernismo— a formas expresivas que recobrarán para el poema su calidad comunicativa. Primordialmente González Martínez — tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje— y Porfirio Barba-Jacob encabezaron esta reacción superadora.

En Honduras, donde a la sazón radicaba el poeta de la Canción de la vida profunda, se inició por los años de 1914 ó 1915 un movimiento similar. Abanderado de él fue Alfonso Guillén Zelaya (1884-1947), escritor y político progresista y uno de los mejores periodistas hondureños. Guillén Zelaya, según el decir del colombiano, preconizaba una poética de tan apurada sencillez que no excluyera ni el prosaísmo verbal ni el prosaísmo de pensamiento, y donde las estrofas, iluminadas por un sol de íntima sinceridad, reflejasen cabalmente el espectáculo de la vida, ora fuese profundo o banal. Trataba de hacer con el verso lo que Azorín hacía entonces con la prosa: opacarlo, barrer de él los lugares comunes de la elegancia, incluso los adjetivos y la forma de su engaste, acabar con todo lo que oliese a Divino Herrera. Y trataba, quizá fundamentalmente, de acabar con la algarabía, con la grandilocuencia.

Como si su nueva poética implicara una nueva concepción de lo musical, o tal vez como un eco de sus llanuras olanchanas, donde apenas si el viento entre las frondas parece recordar que la vida no es sólo silencio, Guillén Zelaya adversó la extrema musicalidad del modernismo, aquel verleniano de la musique avant toute chose:

La música es silencio,

silencio el mar sonoro,

la tempestad silencio;

silencio es toda cosa:

gema, flor, mariposa.

De la apurada sencillez de nuestro poeta es ejemplo este soneto de irregular medida, que don Alfonso intituló La casita de Pablo y que parece prefigurar su propia vida de desterrado, firme, sin embargo, con los restos de su vida ante los embates de la tiranía y del vivir mismo, porque tenía el optimismo que hay en el alma de todo revolucionario:

La casita de Pablo era verde y tendida

como una ala en el mar;

y en las grandes mareas semejaba una vida

que por miedo al naufragio se puesiera a rezar.

La casita de Pablo siempre estuvo vestida

de bejucos del monte y en flor: era el altar

donde el sol y los pájaros, en cada amanecida,

celebraban la misa primera del lugar.

La casita de Pablo después quedó desierta,

sin misas y sin flores, como una cosa muerta!

De Pablo ahora dicen que yerra sin parar;

Y del espacio humilde donde hiciera su nido,

que perduran apenas, impidiendo el olvido,

cuatro postes rebeldes a los golpes del mar.

Como los que ahora vivimos, los tiempos de la generación de 1915 fueron de honda crisis social, de desquiciamiento de valores: época de un mundo desmoronándose y —por lógica consecuencia— de un mundo en gestación. El poeta de Olancho no fue ajeno a las inquietudes de la hora  —no lo sería nunca; aunque todavía no robustecido su credo social, que después sería apostolado para la juventud de Honduras— no alcanzó gritos de rebeldía, sino de nostálgica condenación. En el poema El oro se duele de los efectos antihumanos de un capitalismo imperialista que ha destruido la paz, la solidaridad y que niega caminos al arte, al mismo tiempo que engendra la guerra y el hambre:

Mató el oro en los hombres la comunión nativa

y dividió la tierra y pervirtió el cariño,

la palabra de Cristo no es posible que viva,

sólo pudo vivir cuando el mundo era niño.

Hoy acúñanse discos para sembrar el hambre:

antaño no existían ni la ingenua permuta

ni las cercas de piedra ni las redes de alambre,

que por todos los campos era libre la fruta.

Arder, querer. Esa fue la divisa de Guillén Zelaya. Arder en la inquietud, en la brasa de rebeldías poéticas y políticas, en la lucha por una sociedad mejor; y querer íntimamente, a la humanidad, a todos los contornos de lo que ha ido formando ese milagro de ser hombre: desde el recuerdo mínimo del árbol en la antañona casa del poblado hasta la historia dolorosa, pero aleccionadora de su pueblo. Breve definición que compendia todo el mundo de un poeta, y en la cual se conjugan la íntima poesía —la de la entraña propia— y la que llamamos social —la de la entraña humana.

Sé arder. Sé querer. Nadie

en la vida como yo ha sabido

encenderse mejor en lo que irradie

o empaparse mejor en lo querido.

La vida vedó a don Alfonso Guillén Zelaya la quietud y el tiempo necesarios para organizar un libro. Su obra anda dispersa en periódicos y revistas y, en su mayor parte, inédita. Ello impide un juicio definitivo sobre su poesía; pero, sin duda alguna, ha sido uno de los más originales poetas de Honduras.

Ramón Ortega (1885-1932), poeta nacido en Comayagua, la Valladolid colonial, tiene en sus versos el tono conventual, triste, nostálgico, de su provincia, de su adormecida ciudad, que él supo retratar con mano maestra en esta cuarteta:

Filas de caserones de vieja arquitectura

que en el portón ostentan el signo de la cruz;

sobre la calle hosca pesa la noche oscura

como un fúnebre paño. Ni una voz ni una luz.

En Ortega aflora ese neorromanticismo que quiere oponerse al alarde puramente estilístico del primer modernismo; él mismo contrapone la sencillez humilde de su verso a la complicada rareza de sus antecesores:

Mi soneto no es como las orquídeas triunfales

que se abren a la sombra de tus tibios salones,

ni cual los crisantemos de frágiles puñales

que decoran el Sevres azul de tus jarrones.

Es más bien una planta de marchita verdura

que repliega sus hojas si una mano las mueve,

si un aurífero rayo del buen sol la tortura,

si la agitan los soplos de la brisa más leve.

En los poemas de Ortega hay como un preludio de la locura que, súbitamente, a los veintiséis años, lo desterrará de la vida; no por excentricismo alguno —que no los tuvo en su poesía de nítida pureza—, sino por el tono crepuscular, como de ausente, que tienen sus creaciones, hasta cuando afirma que

me arrulla una embriaguez, cual si apurado

hubiese azules cráteras de ajenjo…

Fue Ortega poeta de gran receptividad para el paisaje crepuscular, para la gama de esa hora —del día o de la vida— en que ya el día no lo es y apenas se insinúa la noche; poeta de la hora de la penumbra, propicia para su espíritu que, a veces, sentimos tan familiar al del López Velarde que se veía “paño de ánimas de iglesia siempre menesterosa” o “nave de parroquia en penumbra”.

A la manera romántica, tal paisaje no se expresa en su objetividad, pese al alarde colorista, sino como una identificación o reflejo de la propia subjetividad. Allí están los aciertos verdaderos de Ortega. En sus poemas de mayor aliento, no exentos de graciosos vuelos de la metáfora, me parece hallar una objetividad demasiado fría, como desimportada; así, en La Catedral de Comayagua, La tristeza del mar y El retorno.

Transcribo el soneto Sensación crepuscular, en el cual creo que se evidencian los valores poéticos de Ramón Ortega: su tono suave y la perfección expresiva:

El sol nos dejó grasas de malinas.

Y desdoblando sus linones, queda,

con el donaire de las serpentinas,

el morado crepúsculo de seda.

Como perla en estuche fabuloso

—cual si inmergiérase en un sueño vago—,

flota un ánade altivo y silencioso

en el azul del diminuto lago.

Han reventado en flor los limoneros;

en la arena sutil de los senderos

bulle la danza de una brisa alada…

Y es tan evocadora esta poesía

que, en esta suave andanza, se diría

que a la par de nosotros va la amada.

Rafael Heliodoro Valle (1891-1959), aun cuando su primer libro (El rosal del ermitaño —prosa y verso) haya aparecido en 1911, pertenece igualmente a esta generación, pues su fundamental expresión poética comienza con Ánfora sedienta, publicado en 1922.

Valle se definió desde este libro, poéticamente, como

el de la frase que toma

dulcedumbre de paloma

y odorancia de violeta.

Aunque forma parte, cronológicamente, de esa generación americana intermedia entre el último grupo de modernistas y el primero de vanguardistas del siglo XX a que alude Henríquez Ureña, Rafael Heliodoro Valle realmente se mantuvo dentro de los lineamientos del posmodernismo o, por mejor decirlo, del modernismo de la segunda época. Todavía su verso —aunque ya llevado a caminos de sencillez— tiene la fundamental preocupación por la musicalidad:

Será la aurora fina y dulce y clara,

y toda tarde clara y dulce y fina,

y toda noche clara y fina para

oír a la oropéndola que trina.

Música y color son obsesivos en las páginas poéticas de Valle. Así lo advirtió José Santos Chocano cuando en la palabras liminares de Ánfora sedienta escribió:

El poeta del Ánfora está loco de prismas. En sus ojos retiembla la embriaguez de las piedras preciosas. En sus manos se sonríe el delirio tornasolado de las sedas… Ha hecho sonoro el iris… Dijérase al leer estos poemas —que así merecen ser impresos en páginas de seda como precedidos por iniciales de misa!— el que asiste a una orquestación de los siete colores, apurados en la combinación febril de todos sus matices y revestidos por la pompa exuberante de una gran lujuria verbal”.

Ejemplifica esta característica de la poesía de Rafael Heliodoro Valle, mejor que cualquiera otro de sus poemas, aquel canto: La escuela de la niña Lola, en el cual vació su ritmo y su añoranza de la infancia lejana en el tiempo y en el espacio:

Amanecía

azul el alma mía.

Todo en el aire estaba floreciente.

Dos cosas claras en la escuela había:

mi corazón y el agua de la fuente.

El agua sonriente

era un altar

lleno de luz solar

que aún me deslumbra:

los pájaros llegaban del oriente

a beber y a cantar

como en un nido

lleno de azul, de risa y de penumbra.

¡Y el sol era un muchacho consentido!

Y su recuerdo aún me tornasola.

La niña Lola

estaba sonrosada y sonreída

como la vida y como la ilusión.

Yo aprendí esta lección.

Para mi vida:
¡la música del agua va escondida

y tiene un ritmo como el corazón!

Vano sería buscar en el poeta de Los jazmines del Cabo, La abuela Petronila y El alcaraván del patio, los temas trascendentes; en él la poesía era remanso de las labores cotidianas del saber. Venía a ella, de paso, de sus maravillosos viajes por bibliotecas, hemerotecas y archivos. Señalado historiador, primera figura de la bibliografía continental, periodista de incomparable agilidad, cronista del dato preciso y erudito, Rafael Heliodoro Valle fue poeta por innata vocación. Y —lo ha señalado con acierto Ernesto Mejía Sánchez— “no sólo ha sido poeta en verso; sino en la prosa difícil del relato corto, como en el olvidado (aunque inolvidable) Espejo historial…”

Rafael Heliodoro Valle —que a sí mismo se colocó junto y después de Guillén Zelaya, en su Índice de la poesía centroamericana— fue fiel a su poesía. Aun cuando cantó alguna vez a los héroes, no pudo endurecer el verso; y para loar a Cabañas, el general invicto de todas las derrotas, sólo tuvo este pie:

Cabañas, el héroe de barba de luna…

En su homenaje —y porque la mañana aquella en que lo llevamos al Panteón Jardín, de la ciudad de México, estallaba de sus preferidos azules— quiero recordar aquí su soneto, Azul de Huejotzingo:

¡Qué feliz el azul y qué contento

se sonríe en el agua el sol hermano!

La campana es campánula en el viento

y todo está al alcance de la mano.

Y la clásica voz y el nuevo acento

y la palabra que se dice en vano,

y el lobo que, como un remordimiento,

se apacigua en el pecho franciscano.

Todo como la limpia vestidura,

Señor, que le darás a la criatura

del ojo hermoso y la mirada inerte;

y todo ardiendo en la plegaria mía,

para pedirte que me des un día

así de azul, a la hora de la muerte.

A la generación de 1915, de la cual he querido destacar los poetas más originales, pertenecieron otros creadores fallecidos en plena juventud, de quienes era de esperarse, a juzgar por la breve obra legada, una verdadera floración poética: Adán Canales (1885- 1925), autor de Horas que pasan; Adán Coello (1885-1919), parte de cuya obra fue publicada en 1929; Rubén Bermúdez (1891-1930), malogrado cantor de verso parnasiano, que gustaba de recrear la exuberancia de los ríos y montañas patrios y poetizar sobre las obras de cemento y hierro; Manuel Escoto (1895-1938), finísimo poeta que dejó un libro, En el silencio de las montañas, todavía enédito; Joaquín Soto (1897-1926) que en El resplandor de la aurora, obra de sus años adolescentes, despuntó como gran poeta y mereció elogiosos comentarios de Porfirio Barba-Jacob; Francisco P. Figueroa, el del canto A la marimba; Guillermo Bustillo Reina, cantor de Sandino, el heroico guerrillero de las Segovias; Salvador Turcios y otros de menor valía.

En la segunda década de este siglo (XX), al impulso de una nueva época, última flor de un mundo en decadencia, surge lo que se dio en llamar movimiento vanguardista: una poesía de imágenes, liberada de la sustancia vital, hecha de palabras con pretensión de vida propia. Creacionismo, ultraísmo, estridentismo fueron nuevas corrientes que tendieron a la destrucción total de lo que hasta entonces se consideraba como poesía.

Huidobro, el gran profeta americano de esta revolución literaria, quien decía buscar “el canto total del hombre total”, refiriéndose a su técnica de expresión, escribió:

Todos los metros oficiales me dan idea de cosa falsa, literaria, retórica pura. No les encuentro espontaneidad; me dan sabor a ropa hecha, a máquina bien aceitada, a convencionalismo. Realmente no me figuro un gran poeta en heptasílabos o en octavas reales… la poesía castellana está enferma de retoricismo; agonizante de aliteramiento, de ser parque inglés y no selva majestuosa, pletórica de esfuerzos y ajena a podaduras, ajena a mano de horticultor.”

Y en otra parte agregaba: “Nada de anecdótico ni descriptivo. La emoción debe nacer sólo de la virtud creadora”.

Sería exagerado decir que este nuevo viento poético sopló sobre Honduras: apenas si alguna ráfaga desprendida del huracán rozó sus costas; y más en cuanto al propósito que en lo referente a la preceptiva. Me atrevería a señalar, quizá, a Constantino Suasnávar, quien en su libro Números (1940) parece afiliarse tardíamente a la poesía de vanguardia; o tal vez al Jacobo Cárcamo de Brasas azules, en que llamaba a la guitarra

Trozo de mar rugiendo
bajo los cinco alisios de una mano,

o a Martín Paz en su época inicial.

Mas creo que el único poeta a quien iban llegando las insinuaciones del creacionismo fue Marco Antonio Ponce. Desgraciadamente, Ponce fue un poeta a quien la vida frustró: nacido en 1908, falleció a los 24 años, el 17 de enero de 1932, trágicamente. Ismael Zelaya recogió, dos años después, bajo el título de Signos, lo mejor de su obra poética.

Poseído de enérgicos empeños, como dijo de él otro poeta, cantó las cosas maravillosas de su siglo XX. A las Torres inalámbricas —“esqueletos gigantes de la civilización”— hizo un himno anhelante de su propia porfía de elevación hacia el abismo azul y solitario:

Algún día otros mundos os dirán sus secretos

desde órbitas lejanas,

y vuestros paralíticos y vastos esqueletos

han de acariciar mañanas

tal vez con otro sol.

De su obra conocida, breve y bella, advertimos que evolucionaba hacia una poesía lúdica; pero no alcanzó en sus pocos años a sobrepasar los modos naturales de la poesía americana, aunque se reveló como lírico original, fuerte, visionario.

Soy el poeta del gesto muscular de la vida…, se definió a sí mismo; y, para probarlo, escribió un bello Elogio lírico del basket-ball.

Abrió un capullo de poesía social en su poema El espectro, canto de protesta y de militancia, en que quiso conjugar el impulso revolucionario con la prédica nazarena:

Oh, tú, humilde obrero, atlético y robusto…

Ya trazó en el cuadrante su elíptica la estrella

fugaz del capital,

y Marx está contigo,

y Cristo va a decirte:

Pues en verdad os digo

que el amor es la senda para la humanidad.

Levántate que es justo,

atlético y robusto

campeón de las miserias de la desheredad;

no arrodilles tu gesto

ni maldigas la vida;

ten el músculo presto,

ten la fragua encendida

para tu libertad.

En sus Nocturnos de noviembre y diciembre —de noche mortuoria uno y el otro de noche navideña— intentó la difícil combinación musical que utilizara José Asunción Silva, como ya lo había hecho Juan Ramón Molina en su Salón de retratos. Sólo a guisa de ilustración he aquí este breve trozo del Nocturno de noviembre:

Esta noche que trepida en el cordaje de los nervios

con extraño ritmo agudo de dolor y escalofríos,

volverán al mundo todos

los espíritus amados, poetas graves y silentes

del olvido.

Con las cuencas encendidas

por la chispa verde mate de un carburo sepulcral,

y los huesos ensamblados como sierra

en el cráneo abandonado por la luz de la razón,

en la ronda se irán riendo, riendo, riendo…

Hay una obsesión de muerte que recorre las páginas de Signos. Como si el poeta presintiera la suya —trágica y temprana—, escribió este poema de gran hondura:

La tarde nos mira con tristeza inmensa

hilvanar un hilo hasta el anochecer;

la noche nos mira sosegada, y piensa:

este es un hilo que se va a romper.

El alba piadosa vuelve de la nada

y torna a encontrarnos en el mismo ayer,

enhebrando el hilo de la vida amada

y es el mismo hilo que se va a romper.

Madeja de oro, tesoro de la juventud,

enhebra tu hebra que va a atardecer,

goza tu minuto de azul inquietud

que es el hilo de oro que se va a romper.

La vida es la misma, no te afanes, alma,

en mover la rueca vana del placer,

no te afanes tanto y escarda con calma

el hilo de oro que se va a romper.

Ocupados tanto en morir vivimos

que vamos viviendo como sin querer:

hilos que quién sabe de donde vinimos,

soy un débil hilo que se va romper.

Martín Paz (1901-1952), como Valle y como Cárcamo, vivió la mayor parte de su vida en México. Había publicado ya algunos versos en revistas de Honduras; pero fue en aquel país donde escribió sus Marinas (1931) y Caligramas, libro que por ahí anda en espera de la edición. La huella de los Veinte poemas de amor nerudianos es perceptible, a lo lejos, en la primera época, como cuando en Sábado, dice:

Te alejas, como siempre, a la hora en que el crepúsculo

vuelve de un lila dulce las garzas de tus manos…;

pero después encuentra sus cauces propios, capta la silueta esencial de las cosas y —no sin un dejo de ironía, que los que lo conocimos no olvidamos— prefiere las miniaturas expresivas, como la célebre de El negro Mr. Brown:

Taja

el balcón

por la cintura

al negro Mr. Brown.

Y se asoma sonriendo su figura

que es un bien acabado

estudio al carbón.

El sol se ha puesto

y el negro Mr. Brown es sólo esto:

los dientes, porcelana;

la epidermis, charol.

Sueña y espera

y rumia una ilusión.

Ni sospecha siquiera:

la noche va a borrarlo,

de golpe, en el balcón.

Con Ponce y Paz, forma la trilogía de grandes poetas de la generación de 1929 Medardo Mejía (1907), con su poesía hecha de nostalgias de la tierra ausente y de sentimiento por las cosas sencillas de la vida. Poeta de hondas tragedias minimizadas, Mejía ha sido, fundamentalmente, escritor político y periodista. Colaboró con Turcios en aquella empresa antológica de Ariel y en esa revista inició una de las primeras revisiones críticas de la literatura hondureña.

Treno por el hermano muerto, Juana la loca, Cantata nupcial, Elegía a la bella Elvira Infante, Héroe, constituyen por sí, con la Añoranza florida y Canción antigua en prosa nueva —todos poemas más o menos extensos—, un libro que enriquece a la poesía hondureña con un nuevo idioma y un nuevo aire.

En Héroe, poema laudatorio de la gloria morazánica, a la que no quiere cantar en el metro olvidado, mohoso, cojo, monorrítmico del Cantar de Ruy Díaz, sino en el hexámetro ínclito que limpió de herrumbres Darío, logra esta vigorosa musicalidad.

Quisiera para ti una gran fiesta pagana rica en sombras.

Quisiera para ti las honras funerales del viejo Anquises.

Que atronaran las trompas de guerra con sones antiguos.

Que los cañones rugieran como los leones en los fosos lúgubres.

Que las caballerías trotaran con banderas sombrías sueltas en los aires.

Que los ejércitos, sañudos y fieros, desfilaran pesados y graves.

Que se sintiera en el vaho ardoroso, en el sudor humano, en el relincho de los bridones,

y en el destello de las armas la presencia del acorazado Marte.

Y que retemblara desde sus cimientos arcanos la Tierra.

Y que los Himnos de los Muertos se levantaran guturales y bárbaros.

Y que los perros homéricos se desgarraran en aullidos resecos y desolados.

Y que los pájaros heroicos revolaran lanzando gritos ásperos.

Y que las mujeres se arrancaran gajos de negros cabellos en la locura del rito.

Y que soplaran vientos de dolor y muerte abatiendo la carne cobarde.

Y que las estrellas enrojecidas se mostraran conturbadas como ojos humanos que llorasen.

Alejandro Valladares (1910) es autor de un único libro en verso, Los cantos de la fragua, editado en 1933, en Madrid, con prólogo de Francisco Villaespesa. Poeta irónico, mordaz, escéptico, predica un nirvana que cumple pavorosamente. Para él:

La voz que el siglo pide es encendida,

pero el rayo de luz ha de ir sereno

para que salga a flote la Esperanza;

porque, sobre el camino de la vida,

el asno que conduce al Nazareno

es el mismo que lleva a Sancho Panza.

Quevediano de cepa —hasta en el pulimento del idioma—, Valladares gusta bailar en la cuerda floja de la burla, lo que lo hace excepcional en una tierra de gente introvertida; y, fingiendo una soberbia que está muy lejos de tener, fustiga inmisericorde todas las miserias y las ridiculeces de su provinciana capital. Reñido con lo aldeano, está hoy dedicado a la aventura de un periodismo doctrinario. Hace tiempo que ha callado poéticamente, quizá porque —como él lo dice:

Es del viril recogimiento de donde nacen los tumultos

Sólo y sereno entre la carne, dicta su ritmo el corazón.

Arturo Mejía Nieto (1901) ha cultivado también el verso en tono menor, pero es fundamentalmente un novelista. Arturo Martínez Galindo reveló, en lo poco que se nos conserva de su producción poética, una virtuosidad musical en el tratamiento de temas íntimos. Su temprana muerte, a manos de esbirros de la dictadura de Carías, nos privó de los mejores acordes de su canto.

En esta generación aparecen tres poetisas que traen en sus voces modalidades nuevas del verso femenil. Ha habido antes cultoras de la poesía —Josefa Carrasco, Alma Fiori—, pero no han salido del tema paisajista y del ritornelo erótico. Lilian Toledo crea un ramillete de versos de gran contenido emocional, al igual que la infortunada Juanita Zelaya, muerta prematuramente. Clementina Suárez, que se inicia con estrofas de tema erótico, puede ser considerada como una verdadera libertadora en aquel ambiente de medieval postergación de la mujer. A través de los años ha venido depurando su poesía; y ya en los últimos años, fundamentalmente en su libro Creciendo con la hierba, ha logrado colocarse a la par de los valores masculinos.

Continua

Tomado de la Segunda Edición (2008) de la Secretaría de Cultura, Artes y Deportes. Editorial Cultura que a su vez lo tomó de  la revista Cuadernos Americanos, año XX, N°6, México, D.F., noviembre y diciembre de 1961.

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