PANORAMA DE LA POESÍA HONDUREÑA (3)

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PorOscar Castañeda Batres

El modernismo tuvo en Honduras una floración insospechada con la generación de La Juventud Hondureña (1895) o generación del novecientos. Sobresalen en ella los nombres de Froylán Turcios, Juan Ramón Molina y Jorge Federico Zepeda.

Florecía entonces aquella poesía de exquisiteces, de tonalidades vagas y de temas exóticos que habría de culminar en el preciosismo —cuando no en un barroquismo que ejemplifica perfectamente la obra de Julio Herrera y Reissig; y los poetas hondureños no fueron ajenos a tales características, aunque tengo para mí que, quizá por lo agreste de la tierra y por su alejamiento de las rutas de la civilización, estuvieron menos permeados por el rubendarismo de la primera época.

Froylán Turcios (1874-1943), nacido en la opulencia, vivió su infancia y adolescencia en un ambiente de dulce y tranquila rusticidad que será tema nostálgico de su obra. Ligado a la política desde su primera juventud, llegó a ser el representante de Sandino en Hispanoamérica. Desempeñó cargos diplomáticos y viajó por Europa y el Oriente, trayendo de sus viajes refinamientos que adornan toda su creación. Su poesía es poesía de élite.

“Neo romántico de un modernismo refrenado, ama las músicas sonoras, la espiritualidad litúrgica del morado, el estilo límpido, la transparencia de la forma y la elegante concisión. Cinceló versos con la dura consistencia del acero tallado, y lo que le faltó en vuelo y profundidad, hay que ponérselo en cuenta al decantamiento, a la fineza, a la imposición de frenos a la fiebre, y al relevante gusto, de amortiguados tonos, con que supo trazar en versos, a modo de acuarelas o miniaturas, los paisajes y cosas de su región: el caudal sonoro del Guayape, las mozas campesinas, los bosques olanchanos, vuelos de alcaravanes y correr de venados, el perfumado canto de los pinos, la hojarasca amarillenta de la zuncuya y el florido ayer de Catacamas, pueblo entre rosas, en el que con pasión secreta amó a una virgen de resplandor plateado.” (Hombres entre Lava y Pinos, por G. González y Contreras. Costa-Amic, México, 1946).

Tiene la poesía del olanchano un toque de sonambulismo, de presencias fúnebres y de noches fantasmales. Todo en su obra —prosa, novela, verso— parece irreal, excepto en las pinceladas de luz de sus cuadros regionales, que supo pintar con gran maestría, como en este retrato de

LOS ALCARAVANES

Vuelan sobre el verdor de la sabana

con torpes alas que el cansancio oprime,

Mientras el viento de la tarde gime

y el sol tramonta en la extensión lejana.

Persiguen sin cesar a la indefensa

culebra que se oculta en los gramales

o inmóviles calientan los nidales

en un rincón de la llanura inmensa.

Del espeso follaje en la verdura,

Juntos dormitan en la noche oscura,

del cruel invierno en las glaciales horas;

y al fulgor de las lunas del verano

perturban, anunciando las auroras,

sus roncos gritos la quietud del llano.

“Lo sobrenatural —escribió Francis de Miomandre acerca de Turcios— acaba por trocarse para él en más verdadero que lo real cotidiano”. Mucho influyó en ello seguramente la lectura, asidua desde la infancia, de Edgar Allan Poe, como ya lo hacía notar en 1930 Arévalo Martínez; influencia que dejó huellas tan claras en la obra de Turcios como el poema Ligeia y la novela Annabel Lee.

Gustaba este poeta del alarde de riqueza verbal y del empleo de raros vocablos —característica ésta tan propia del primer modernismo. Sea de ello muestra este soneto, testimonio también del delirio de Turcios por lo exótico oriental:

BELKIIS

Nastosénen te trajo de los países floridos,

en conchas de tortugas, los tesoros del mar:

lyncurios que parecen carbunclos encendidos

y cerannias que absorben la blanca luz solar.

Tan solo el anacámpsero que turbó tus sentidos

tus tesoros espléndidos te obligó a abandonar,

ónixes de la Arabia, brillantes escogidos

que cansaron tus ojos con su eterno brillar.

Pero el arca de ensueño tu corazón no alegra,

ni la blanca bucardia con su pupila negra,

ni las hojas de balis que resucitan muertos.

Te persigue una imagen, un acento te nombra.

Tus senos son dos tiendas a cuya dulce sombra

los ojos de tu amado se dormirán abiertos.

(Soneto II. El poema consta de 4).

Juan Ramón Molina (1875-1908) es, indudablemente, el más destacado poeta hondureño, uno de los más significativos del modernismo americano. Permanece ignorado porque su espíritu en tormenta le vedó todos los caminos, condenándolo a un refugio defensivo en la aldeana capital de su patria.

En una primera etapa, Molina, aún dentro de los moldes románticos, pero ya con una voz propia nutrida en Hugo, creó El águila, poema de un gran aliento y de un vigor que después, purificado en las aguas modernistas, producirá cantos espléndidos como la Salutación a los poetas brasileros, Río grande y Aguilas y cóndores. Durante su estancia en Guatemala, por los años de 1893 a 1896, conoce la obra de los poetas Gutiérrez Nájera y Díaz Mirón, la de los cubanos Julián del Casal y José Martí, la de Rubén Darío, con quien habrá de ligarlo estrecha amistad, y entonces su obra se llena de musicalidad y de gracia. “La gracia de Darío —escribió Enrique González Martínez— ha tocado el corazón de Molina, y a ese tono y a ese acento nuevos debe el poeta hondureño sus más bellas realizaciones. No hay en los poemas de Molina imitación verbal, sino resonancia espiritual del nicaragüense; pero es imposible desconocer que el canto de Darío los ha fecundado”.

Cierto que Darío influyó en Molina; pero creo que la obra de éste tiene una fuerza lírica que no siempre alcanzó el poeta de Azul; y que Poe y Guillermo Valencia influyeron más en Molina que Darío.

La obra elegíaca de Juan Ramón Molina, desprovista de virtuosismos y plena de sinceridad, puede alternar sin desdoro en cualquier antología de la poesía en lengua española. Oigamos algunos alejandrinos de su poema A una muerta:

Señor: Tú la llamaste y ella voló a tu lado,

dejándome en la tierra. ¿Mi espíritu has mirado?

No es jardín florecido de azules ilusiones,

sino que inmunda cueva de arañas, escorpiones

y víboras. Un pozo de horror y de amargura,

donde está con cadenas la trágica locura.

La copa de mi vida, donde escanciaba mieles,

llena está hasta los bordes de ponzoñosas hieles,

álgidas como aquella bebida ignominiosa

que recoció tu lengua en la cruz afrentosa.

No bañaron mis lágrimas sus gélidos despojos,

porque cegó la angustia los cauces de mis ojos;

pero —como una vena por la cuchilla rota—

mi corazón sangraba sin tregua, gota a gota,

cual tu divina frente en el pavor del huerto,

sobre los restos fríos de todo un mundo muerto.

Mas aquel dolor hondo, siniestramente mudo,

estranguló mi cuello con serpentino nudo;

dejó en mi faz adusta su corrosiva huella;

amontonó una noche glacial sobre mi estrella;

azuzó mis pasiones más terribles e insanas

y pobló mi cabeza de prematuras canas.

Tú —que de todo miras el anverso y reverso—

que regulas la máquina que mueve el universo,

que sabes, omnisciente y enorme taumaturgo,

por qué el dragón se arrastra, por qué vuela el simurgo,

por qué el sonido ondula, por qué la chispa quema,

por qué el retoño nace, por qué fulge la gema,

por qué se hermanan siempre en un igual destino

la leche con el llanto y el agua con el vino,

dime: si fue en la tierra también tu preferida,

¿por qué la flor segaste de su apacible vida,

dejando que un enjambre de lívidos gusanos

hirviera en sus mejillas, sus senos y sus manos?

Un soplo místico cruza por la obra toda del gran poeta. Las manos de la esposa muerta son:

Manos liliales. Manos como hostias consagradas

que en las secretas misas del amor adoré.

Manos en una nieve radiosa cinceladas,

que fui el primero y último que en la vida besé…

y aún en los raptos de tétrico escepticismo parece divinizar a la pena misma que lo corroe:

A tus exangües pechos, Madre Melancolía,

he de vivir pegado con secreta amargura…

Extraño parece que Molina —poeta de su tiempo—haya conjugado en sí esta poesía con ideas de librepensador que vertía —mordaz, cáustico— en sus famosas polémicas políticas; pero no lo es que por ratos haga gala de un sensualismo que lleva a Arqueles Vela a considerarlo ―esplendoroso en su convivencia mitológica‖. Tal el autor del soneto Pesca de sirenas:

Péscame una sirena, pescador sin fortuna,

que yaces pensativo del mar junto a la orilla:

propicio es el momento, porque la vieja luna,

como un mágico espejo, entre las olas brilla.

Han de llegar a esta ribera, una tras una,

Mostrando a flor de agua el seno sin mancilla,

y cantarán en coro, no lejos de la duna,

su canto que a los pobres marinos maravilla.

Penetra al mar entonces y coge la más bella,

con tu red envolviéndola. No escuches su querella

que es como el llanto aleve de la mujer. El sol

la mirará mañana, entre mis brazos loca,

morir —bajo el divino martirio de mi boca—

moviendo entre mis piernas su cola tornasol.

Tentó Molina todas las formas y todos los tonos de la poesía. Poeta americano, cantó también al porvenir de este Continente en Aguilas y cóndores:

Portaliras ilustres de nuestro Continente:

miremos el futuro con ojos de vidente,

con ojos que irradiasen —de sus cuencas sombrías—

la luz de las más grandes y fuertes profesías:

la luz de Juan —con su águila y su delirio a solas—

frente al eterno diálogo de las convulsas olas,

que oyeron, bajo un cielo de horror y cataclismo,

las cosas que le dijo la lengua del abismo;

voces de Dios: hipérboles, parábolas y elipsis

que truenan en el antro del negro Apocalipsis!

¿Hermanos no seremos en América?

Todos nacimos de los gérmenes vitales de sus lodos:

desde el rubio hiperbóreo que en el norte domina

hasta el centauro indómito de la pampa argentina,

que rige los ijares de su salvaje potro

como las ruedas rítmicas de su máquina el otro,

cual si quisieran ambos —henchidos de arrogancia—

suprimir el obstáculo del tiempo y la distancia.

Este optimismo de Conferencia Panamericana —la de Río de Janeiro, 1906, a la cual asistió Molina como Secretario de la Delegación hondureña— ha de deshacerse ante la realidad de los embates imperialistas, que él constatará y que lo harán exclamar que el Caribe parece condenado a ser un lago yanqui. Entonces, cantará al Darío de la Oda a Roosvelt, incitandolo a encabezar la lucha de los poetas contra el común enemigo:

Verbo de anunciaciones de nuestro continente,

vate proteico, noble, magnífico y vidente

que tienes de paloma, de abeja y de león,

la gloria te reserva su más ilustre lauro:

humillar la soberbia del rubio minotauro,

como el divino Jorge la testa del dragón.

Y ya que he citado este poema A Rubén Darío (tres sonetos), cabe señalar aquí que Molina parecía en sus últimos tiempos orientarse hacia el barroquismo, hacia el verso culterano, recargado de mitologías y de vocablos sonantes. Así, llama al nicaragüense:

Délfico augur, hermético y sacro hierofante,

que oficias en el culto prolífico de Ceres,

que azuzas de tus metros la rima galopante

sobre la playa lírica y argentea de Citeres.

El acendrado individualismo de Juan Ramón Molina hizo que perdiera aquella visión momentánea del poeta-luchador. Su inquietud intelectual, su videncia naufragó en esa isla perdida en el tiempo que es aún Tegucigalpa. La estrechez del medio, el reinado de la mediocridad, la conciencia de una valía no aquilatada, todo fue acumulando desencanto, resentimiento, amargura en su alma de pequeño-burgués. No tenía siquiera —como Turcios— la ventaja de la alcurnia o la de la riqueza. La autodestrucción se encarriló en él por sendas de disipación que un enorme hacinamiento de lecturas decadentes iba agravando. El abuso de nepentes lo tornó todo un despilfarro de vida sensitiva. Toda lucha llegó a parecerle inútil:

…ansias de gloria

que llega tarde; estar organizado

para la lucha y para la victoria

y ser, a pesar de eso, un fracasado.

El grito surge hiriente y herido; pero no es la protesta, es la queja; no es la rebeldía, es la resignación. Tal como en él, estos factores obraron en su generación hasta frustarla. Domínguez —y antes Vijil— y después tantos, se fugaron del mundo violentamente. En Molina la fuga fue más cerebral: por la puerta falaz de una bohemia sórdida y sola buscó lo que él mismo llamó un nirvana sin fin, letárgico y profundo:

Entonces he querido anonadarme

sin saber lo que fui;

morirme lentamente, lentamente,

sin gozar ni sufrir;

sin saber cómo vine a este planeta,

cómo me voy al fin;

sin saber si tuve alma o no la tuve,

si viví o no viví.

Ante la total inadaptación, sólo dos caminos había: la torre de cristal, la fuga; o la rebelión contra el medio, la lucha organizada por la superación social. Faltáronle los arrestos para ser un revolucionario: tenía el desdén pequeño-burgués contra las vanas muchedumbres. Por eso escogió su magnífico palacio de la Osa, su torre de oro junto a la Cruz del Sur.

A los 33 años, en un suburbio de San Salvador, en una tarde de alcohol y de honda desilusión, se truncó para siempre aquella columna de mármol de la poesía hondureña.

El tercer poeta representativo de esta generación es Jorge Federico Zepeda, autor de Ritmos y colores de la tierruca (1908), de quien Salatiel Rosales hacía notar “su innata tendencia bucólica…, a la pradera verde, al aprisco patriarcal”.

Zepeda merece especial mención y atención en la lírica hondureña por dos principales motivos: porque es el mejor de los cantores del paisaje patrio y porque puso la primera piedra de la poesía social en Honduras.

Alejado de su patria a muy temprana edad, vivió rememorando sus nativos alcores, sus ríos, sus montañas, los paisajes donde alentó su primera inquietud. En Aire, Pampa y Sol lo dijo él así:

Yo fui un muchacho montaraz y rudo,

el sol de Honduras agitó mi entraña

y mi instinto creció fuerte y desnudo

como el alto pendón de la montaña.

El cielo, el bosque, la gentil colina

los admiré de modo tan diverso,

que fueron la visión que mi retina

aprisionó para el cristal del verso.

Evidentemente que los Poemas rústicos de Manuel José Othón vinieron a ser como una preceptiva para Zepeda: su encendido lirismo, la compenetración perfecta con el paisaje y la forma sinfónica en el tratamiento de la naturaleza traslucen en la geografía poética de la tierruca que intentó el hondureño. Selva sagrada es ejemplo de ese discipulado formal: la composición de la obra viene a ser, más o menos, la de la Noche rústica de Walpurgis othoniana. Pero hay mayor alegría en Zepeda; hay en sus versos, por momentos, ese especial sabor de la metáfora que se impregna de vida provinciana y que es patente en López Velarde. Véase, si no, en estos versos:

Gama ondulante de floridas granjas;

nevar de los eglógicos rosales;

dulce vino de áuricas naranjas

y mieles de selváticos panales.

Trigal de sementera que la brisa

mueve con rítmico vaivén; tal una

sedosa, blanca y vaporosa cuna

que mano maternal mece sumisa.

……………………………………….

Atardecer de lila en la montaña

y niebla rosa que sutil empaña

los campanarios de la iglesia antigua,

en donde la campana es abadesa

que al Arcángel Gabriel mística reza,

mientras devotamente se santigua

con olor de jazmines la campaña.

Como poeta descriptivo, logra Zepeda aciertos verdaderos, como este de su Selva sagrada:

Hasta el fondo intrincado

del boscaje magnífico y sonoro,

de lianas exornado,

del sol penetran cual puñales de oro

las temblorosas flamas;

y en los pinos gallardos y altaneros,

ocultos en la urdimbre de sus ramas,

lirizan los jilgueros

sus églogas de miel en flébil coro.

En el cristal del agua que se arruga

y lenta corre entre peñascos grises,

la arboleda bravía

su armazón refleja y sus matices

de vívida poesía;

y luego pasan en sonora fuga

las cándidas perdices

que reman en lo azul del ancho cielo

y el aire cortan con tremante vuelo

bajo la luz aurisolar del día.

Entre troncos y rocas

negras y afiladas,

se rompen borbollantes las cascadas

que audaces corren, cual serpientes locas,

por un potente látigo azotadas.

Alto levantan su caudal de espumas

en líricos penachos,

hasta formar picachos

que coronan las brumas;

y así, saltan bramando

sus olas irisadas

y, en su escape rodando, van rodando

a la oquedad siniestra del abismo

y fingen, al caer alborotadas,

que mil y mil bocas inflamadas

de juvenil ardor y patriotismo

cantan alborozadas

hurras y marsellesas de heroísmo.

Cantor de la naturaleza, Zepeda no olvidó el elemento primoldial del paisaje, de la tierra. No fue ajeno a las injusticias sociales, a la terrible desigualdad del agro hondureño, raíz de todas nuestras luchas políticas, que como una línea roja recorre nuestro cuaderno histórico. En el Canto a los labriegos volcó su protesta airada, quizá en versos de menor perfección, pero con igual adhesión sincera que la que tuvo para los contornos en que el hombre se afana:

¡Canto a los héroes del trabajo! A esos

sembradores de enérgica pujanza

que aman el sol y que con rojos besos

comulgan en su templo: la labranza

………………………………..

Aquel que hundiendo la mirada fría

por el ámbito azul que el cóndor huella,

es el primero que saluda al día,

mirando agonizar la última estrella.

(A)aquel desheredado sin fortuna

que esclavo viene a ser desde la cuna

por el continuo trabajar forzado,

que da la rica savia de su vida entregado a labores sin medida

y aumenta el capital del potentado.

Es tal la oposición que el poeta advierte entre el amo y el labriego, que simbolizando en sus atuendos sus causas, exclama:

¡Qué hermoso el dril de tu camisa tosca;

y qué asquerosa y fea y qué manchada

la leva del señor que te asesina!

Finalmente, el poeta hace profesión de fe y se une a los desheredados, previa una invocación al combate por la igualdad social:

Espera, sembrador, que el despotismo

del rico ha de abdicar en mansedumbre,

cuando el derecho de igualdad alumbre;

y tú, que fuiste ayer lodo de abismo,

mañana serás águila en la cumbre.

¡Prepárate a luchar. Heroico y rudo,

demuele la granítica barrera:

mi férrea lira llevarás de escudo

y mi lírico verso de bandera!

Hay que hacer notar muy especialmente que Jorge Federico Zepeda escribe este poema en 1911. Es el primer poeta hondureño que plantea —como tal— la lucha social; y resulta una verdadera excepción entre sus contemporáneos. Sólo veinticinco años después revivirá su canción en tierras de Honduras.

Molina y Turcios opacaron totalmente a esta generación hondureña. Los que más sobresalieron lo lograron después de la muerte del autor de Tierras, mares y cielos. Era éste tan gran señor de las letras que hasta su compañero y compilador resulta empequeñecido. Molina está solo en esta época de la poesía hondureña: podía alternar con Darío: y eso era ya bastante. Sin embargo, sería injusto olvidar a otros escritores en verso de esta generación. Jerónimo J. Reina —más político que poeta— escribió sentidos poemas y perdurará su canto a Los ancianos, por su sencillez profunda; y Símbolo por su evidente romanticismo social. Insustancial en su poesía como profundo y cáustico en su adoctrinamiento reaccionario, Julián López Pineda fue un superviviente de gustos poéticos ya liquidados.

(Continúa Cuarta Parte)

Tomado de la Segunda Edición (2008) de la Secretaría de Cultura, Artes y Deportes. Editorial Cultura que a su vez lo tomó de  la revista Cuadernos Americanos, año XX, N°6, México, D.F., noviembre y diciembre de 1961.

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