PANORAMA DE LA POESÍA HONDUREÑA (2)

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Por Oscar Castañeda Batres

José Antonio Domínguez (1869-1903) puede ser considerado como un poeta de transición entre los románticos y la nueva manera del modernismo. Nació en las tierras llanas del oriente hondureño, en Juticalpa, Departamento de Olancho. Fue uno de los jóvenes destacados que el presidente Soto hizo llegar a la capital a prepararse como maestro; y coronó después la carrera de abogado. Tomó parte activa en la política y ocupó puestos públicos de importancia; y —tragedia tantas veces repetida en Honduras— murió prematuramente, cuando —como él lo dijo del poeta José María Gutiérrez, que le precedió:

…en hora de letal fastidio,

náufrago de la fe, su frente mustia

besó con beso trágico el suicidio.

Como los poetas anteriores, Domínguez es un poeta civil en su Himno marcial, en el canto A la libertad y en los Camafeos patrios; pero en su obra aparece ya la fundamental preocupación por la forma, la música y el refinamiento de la palabra. En el poema Encaje dejó escrito su credo estético de estirpe parnasiana:

Me agrada el plasticismo de la forma,

la corrección de líneas del trasunto,

la muelle morbidez de los contornos

y el relieve curvado de los músculos;

la frígida expresión de los perfiles

que animados parecen y están mudos;

el tesoro adormido de las gracias

y el nevado candor, casto y desnudo,

que en el bloque de mármol transformado

al golpe del cincel, diestro y fecundo,

ostenta la estatuaria en la flamante,

radiosa encarnación de un cuerpo ebúrneo:

¡como que tiene la materia tosca

un resplandor de lo divino oculto

que sorprende la mano del artista

y lo presenta deslumbrante al mundo!

¡Como que existe un fondo de hermosura,

de santidad y sensualismo puro

que como alma de todo lo terreno

emerge alado, incitador efluvio!

¡La armonía que ondula y cabrillea,

acaricia al contacto y tiembla al pulso

y con su hechizo lánguido que arroba,

tienta al deseo y predispone al culto!

Su obsesión musical llevó a Domínguez a cantar en rítmico poema a La guitarra; y, en esclarecedora sinestesia, a El violín rojo. Buriló con gran maestría el soneto, fundamentalmente en endecasílabos, metro preferido al que cantó también en El Metro Rey; pero para sus poemas de mayor aliento utilizó el verso libre.

Todavía perduraba la poesía civil, el canto ciudadano del romanticismo, cuando Domínguez escribió; y, en 1896, época de turbias contiendas faccionales en Honduras, dedicó a un poeta amigo este soneto:

LA MUSA HEROICA

Si quieres que tu canto digno sea

de tu misión, del siglo y de la fama,

no derroches el estro que te inflama

en dulce pero inútil melopea.

Lanza las flechas de oro de la idea;

depón el culto de Eros y proclama

otro mejor; la lucha te reclama:

yérguete altivo en la social pelea.

No enerves tu vigor con el desmayo

del femenil deliquio; ya no es hora

de lágrimas y besos; doquier mira:

Hoy la estrella compite con el rayo,

la inspiración es lava redentora

y clava en manos de Hércules la lira.

En su obra más acabada, el Himno a la materia, dijo, sin mengua de la expresión poética, su concepción filosófica materialista y atea; aunque encontremos en el Himno un exagerado cientificismo que nos recuerda el de Manuel Acuña en los tercetos Ante un cadáver.

¡Oh, materia sublime, eterna y varia

que con el gran prodigio de tu esencia

y el arcano infinito de tus formas,

como madre perenne, siempre joven,

a quien su propia fuerza fecundara,

llenas la inmensidad del Universo

y eres causa y efecto misterioso

de cuantos seres bullen y rebullen

con aspecto de vida en los espacios,

desde los vastos mundos y los soles

que por las noches brillan como antorchas

suspensas en el éter cristalino,

hasta los invisibles infusorios

que habitan en miriadas y millones

en el fondo irisado de una gota

de rocío…!

Domínguez, que llegó a ser dueño de una cultura universal, seguía en este poema aquella directriz romántica que apuntaba Hardenberg de que “la vida se parece a los colores, sonidos, fuerza, etc., y el romántico estudia la vida así como el pintor, el músico y el mecánico estudian el color, el sonido o la fuerza. El estudio cuidadoso de la vida hace al romántico”.

Recuérdese —incidentalmente— que el romanticismo vino a plantear una forma nueva de abordar el problema de la existencia: en lucha contra el sentido dogmático y metafísico de la Edad Media —que en América subsiste hasta la mitad de la centuria pasada—, los románticos ven el problema de la vida como terreno material. De allí la relación insoslayable que existió entre la literatura romántica y las ciencias naturales, tan perfectamente estudiada por Alexander Gode von Aesch (El romanticismo alemán y las Ciencias Naturales, Espasa Calpe Argentina, S.A., Buenos Aires-México, 1947).

La cuestión de la función del hombre en el organismo universal —nos dice Gode von Aesch— no es meramente un problema de evolución. Debe ser considerada como la pregunta por la función espiritual del hombre en la vida universal. Uno de sus aspectos lo ofrece la cuestión de un especial fluido vital. Su solución se encuentra en el concepto de una orgánica jerarquía de la naturaleza, en la cual el hombre representa el desenvolvimiento más elevado, el prototipo y modelo de toda existencia. Los puntos de vista así conseguidos pueden ser considerados como representantes de la visión del mundo romántico. El pensamiento romántico es un pensamiento biocéntrico. En él, el mundo de los fenómenos es concebido como la representación fisonómica de la vida universal. (Op. cit., p. 30).

Domíguez expresa esta ―cuestión‖ través de la evolución de la materia:

…En ti reside,

de ti dimana y hacia ti refluye

la vida universal que no se agota

y es como inmenso, genesíaco río

que al recorrer tu seno lo fecunda,

porque lleva en sus ondas la simiente

de que brotan en mágicos regueros

las vidas de que surgen nuevas vidas…

Nada perece, todo se transforma. La vida misma es sólo un proceso: la muerte no existe. Hoy dice la biología que la vida es indefinida y la muerte sólo un accidente. Así lo dice Domínguez:

La muerte para ti sólo es acaso

como un abono que te das tú misma,

tal vez por mantener ágil e incólume

de tu vigor el germen potentísimo;

o quizá como un baño en cuyas aguas

rejuveneces tus gigantes miembros,

por cuyas venas corre siempre nueva

savia de eternidad…

Brevedad de la vida, “círculo odioso”, “juego de hados inclementes”, viaje sin rumbo, padecer: toda la temática sentimental del romanticismo halla cabida en el Himno a la materia. Y una vaga esperanza en la ilusión de un más allá:

La vida individual es para el hombre

una cosa tristísima: hasta es justo

dejar que el pensamiento se solace

soñando nueva vida tras la tumba!

¿Soñaría en su Himno cuando emprendió voluntariamente el viaje?

América libre, perdida en la anarquía que advino con la independencia, extraviada de sus hondas raíces, mutilada en sus ancestrales fuerzas creadoras, se busca y se modela por voz de sus poetas. Fue primero el alborozo romántico, que dio, junto con los libertadores, a los poetas primogénitos: Bello, Olmedo, Echeverría, Mármol. Las generaciones posrománticas fueron las del reposado regreso, las del hito constructivo. Con el modernismo adviene el encuentro de la propia voz.

Derycke ha escrito que, más que una escuela, el modernismo es una época. La expresión de una América nueva, recién nacida que otea en busca de horizontes ocultos por tres siglos de enclaustramiento. Renovación del vetusto tronco del idioma —nuestro también, pese a la Academia— como vehículo de los nuevos ideales, de la nueva visión del mundo que se va forjando lenta, pero firmemente. Eso es también.

La sensibilidad no encuentra forma de manifestarse autóctona en una tierra asolada por la constante guerra civil, lactante patria a la deriva; rehusa expresarse como nostalgia de un medievo semivivo; se agita entre contrarias mareas; y se pierde, desvigorizada, en el sortilegio de la forma, de la música. La poesía pierde los cauces vitales del romanticismo que movía a guerra y era, como trasunto hugueano, airado grito de protesta: vocifera un momento con Espronceda, solloza con Byron, ironiza con Heine y, al fin, al soplo del parnasismo, se eleva sobre el medio, se hace símbolo y fuga mientras maduran los pueblos y se van superando caudillaje y colonia. Es la época de los epígonos del modernismo: Gutiérrez Nájera, Silva, del Casal, Darío. Otro era el rumbo de Martí —en esto como en todo genial visionario; pero otros fueron sus senderos que no la poesía, aunque la hubo inmensa en su vida y en su gesta.

El poeta modernista palpita con su América, con la que adviene; y, a través de un cosmopolitismo que encierra su repulsa al medio hostil que vive, torna a ella idealizándola, recreándola a su deseo. Falsa la acusación de extranjerizantes que se les ha hecho: en ellos la búsqueda de lo extraño, aquel delirar por lo exótico —Grecia o Francia— no es sino la búsqueda de sí mismos, de lo propicio para su arte: la negación de lo negativo de América.

Remontan su vista al pasado remoto que la Colonia destruyó inmisericorde: Darío cifra la poesía americana en Uxmal y Chichén Itzá y “en el gran Moctezuma, el de la silla de oro”; Valencia canta a la Popayán nativa; Molina buscará en Copán la mina mágica que ha de nutrir su fragua de poeta americano.

Es del choque entre la idealización y la realidad fatal —que un individualismo exacerbado hace insuperable— de donde el modernismo surge con sus tintes pesimistas, con su angustia —tan vital—, con su marginación de la vida política, con su deleitación por la muerte, escape final de una realidad áspera que no se ciñe a su anhelo. 

(Continúa en tercera parte)

(Lee primera parte)

Tomado de la Segunda Edición (2008) de la Secretaría de Cultura, Artes y Deportes. Editorial Cultura que a su vez lo tomó de  la revista Cuadernos Americanos, año XX, N°6, México, D.F., noviembre y diciembre de 1961.

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