PANORAMA DE LA POESÍA HONDUREÑA (1)

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Por Oscar Castañeda Batres

Fue en esta tierra de Honduras donde por primera vez, en 1497, recaló una nave europea en tierra continental americana; y Juan Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón fueron —así lo escribió don Hernando Colón— quienes bautizaron al antiguo reino de Guaimura con el nombre de Honduras. Y es cierto que esta América resulta ser la bien llamada, como dice Levillier, porque en ese mismo viaje llenó de verdores sus ojos aquel corresponsal del Gonfaloniero vitalicio de Venecia: maese Amérigo Vespucci.

Cinco años después, en 1502, el Almirante de la Mar Oceania, don Cristóbal Colón, arribará a la isla de Guanaja, toda increíblemente verde y fértil —transcribe Pedro Mártir de Anglería—, para bordear después una costa de vientos adversos que se denominaba Quiriquetana y que él, en su ilusión del Oriente indio, llamó Ciamba.

Desde entonces Guaimura y poco después las Higüeras, donde había periclitado el florón científico del Primer Imperio maya —la metrópoli astronómica de Copán, patria del calendario—, cuyas ruinas asombrarían en 1576 al Oidor don Diego García del Palacio, comienzan sus trágicas historias de provincia española. El pasado precolombino de piedra y estuco mantiene aún su secreto inviolado —quizá por el poco requiebro de nuestros estudiosos.

A esta pequeña provincia convergieron las audacias y las codicias de los grandes conquistadores: las de Cortés —que escribía a Carlos V ser esta una provincia muy rica— con las de Pedrarias Dávila, el tetrarca del Darien; las de Cristóbal de Olid — conquistador de Michoacán que vino a morir en Naco, pagando así con su vida su traición a un traidor triunfante—con las del protegido del Obispo de Burgos, Gil González de Avila; las de don Francisco de Montejo —asombrado todavía de las grandezas de Yucatán— con las de Pedro de Alvarado, el Tonatiuh de la matanza de Iximché; y las de Alonso de Cáceres y de Chávez, alevosos inmoladores de Lempira, héroe de nuestra epopeya indígena. Aquí llegó —después de un viaje inverosímil— el propio don Hernando de Cortés, quien a punto estuvo de terminar sus días en Guaimura. Aquí dejó también las huellas de su crueldad, ajusticiando la rebeldía de Mázatl —el otro héroe indígena—, como había ajusticiado la grandeza de Cuauhtémoc.

La primera Relación de Honduras la escribió el primero de sus obispos: don Cristóbal de Pedraza. Y es de creer que la tierra impresionó gratamente al Obispo, porque la encontró lujuriosa. “Primeramente la primera tierra que se ve de todos los que van a ella —escribió— es las sierras de la ciudad de Truxillo, que parecen a forma de dos tetas de mujer…”

—Sujeta después a la capitanía General de Guatemala, la provincia parece haber quedado al margen del tiempo; el silencio va a caer pesadamente por tres siglos sobre una tierra de aurífera riqueza, pero pobre en comparación con los grandes virreinatos. Menos poblada que los grandes reinos del Quiché o de Cuscatlán, tuvo menos brazos para el forzado trabajo de la tierra y para la brutal encomienda. Y —lo uno causa de lo otro— apenas si va a ser tierra de misioneros valerosos; pero no llegará a tener un clero que, atraído por la riqueza, se preocupe por el desarrollo intelectual.

No hubo en Honduras durante los tres siglos de la Colonia vida cultural: ni Universidad, ni imprenta, ni escuelas de primeras letras. Era obligado el éxodo para quienes buscaban estudios; y los ya cultivados rara vez querían volver a la cerrazón de la provincia: bien por lucir en otras latitudes, bien por medrar en los grandes centros administrativos. No hay nombres literarios ni obras que mencionar de nuestra época colonial, como no sean los de aquellos frailes que sobresalieron en Guatemala o México y algunos gruesos volúmenes de sermones.

Independiente en 1821, en la hermandad de las otras cuatro provincias de la Capitanía, vio llegar —apenas en 1829, por preocupación de Morazán— la primera imprenta; tuvo en 1830 su primer periódico; y sólo hasta 1847 le fue dado el beneficio de una Universidad. José Antonio López (en el capítulo III de los Recuerdos de mi vida) pintaba así el ambiente cultural de la República a mediados del siglo XIX:

En mantillas estaba la instrucción. No había escuelas públicas, y los niños aprendíamos a leer y el catecismo de Ripalda en casas particulares… no había más que un periódico en toda la república, la Gaceta Oficial, que publicaba las disposiciones del Gobierno y uno que otro verso detestable. De libros no hay que hablar. Fuera de las novenas y de la vida de los Santos, apenas se conocían otros. (Revista de la Universidad, tomo V, p. 169, Tegucigalpa, 1913).

¡Y qué prodigio que de tanta pobreza y de tanto olvido hayan salido aquellos varones de nuestra primera promoción literaria: José Cecilio del Valle, El Sabio, que brilló en el Congreso mexicano de 1822 y que dejó una obra de grandes atisbos americanistas; Dionisio de Herrera, de amplia visión democrática, que escribió el patrio optimismo en cincelada prosa; Francisco Morazán, que a golpes de batallas realizó la reforma liberal en 1829 y escribió en las Memorias de David la crítica de un sistema; y Juan Nepomuceno Fernández Lindo y Zelaya, el autor de las Meditaciones de un pueblo libre, cuya preocupación primera de gobernante fue fundar escuelas!

Rota la Federación Centroamericana, entró Honduras a una época aciaga de turbulencia y de anarquía, de hondos conflictos sociales en cuyo fondo latió siempre —late aún— el problema de la desposesión de la tierra. La reacción clerical-terrateniente, a la muerte de Morazán (1842), cerró por años el horizonte de la cultura. “Entre 1829 y 1855 —escribió Rafael Heliodoro Valle— Honduras fue un campo interoceánico de matanza… No había tregua para el escritor”.

Y, sin embargo, en esta época, entre los años de 1830 y 1876 surgen las dos primeras generaciones de poetas hondureños: la generación del Padre Reyes, aquella; la de José Joaquín Palma en el último año mencionado.

Natural parece que los escritores hondureños se hayan empeñado —y se empeñan todavía— en hacer del fraile recoleto don José Trinidad Reyes una gran figura de las letras, si se considera que llena casi solo esa época y que fue la primera figura sobresaliente de la labor propiamente literaria. Reyes —exclaustrado por la revolución liberal morazánica de 1829— se radicó en Tegucigalpa, su ciudad natal, y se dedicó al ejercicio de su ministerio. Clérigo dulce, de un natural sencillo, amable y bondadoso — lo que no fue obstáculo para que en su militancia política y en su crítica de costumbres satirizara cáusticamente—, bienquisto en una época de franca reacción contra el liberalismo, Reyes sobresalía en aquel medio raquítico de la Tegucigalpa colonial. Era versado en Teología y en Historia Sagrada; y gustaba de la oratoria. Amaba la instrucción y cultivaba las bellas letras y la música. Para divulgar el saber, fundó en 1845 la Academia Literaria, que dos años después se convertiría en Universidad de Honduras —de la cual fue primer Rector—, por disposición del presidente Lindo. Esta fue su obra maestra, la que lo hace acreedor al recuerdo emocionado de la juventud de su patria.

Como poeta, Reyes cultivó géneros ya en desuso: villancicos, letrillas satíricas y pastorelas; y algunos himnos patrióticos que don Marcelino Menéndez y Pelayo juzgó “verdaderamente detestables”. Un aire de la poesía bucólica del siglo XVIII pasa por las páginas de las Pastorelas —de las cuales se nos han conservado ocho: Esther, Nephtalia, Zelfa, Zelfa, Rubenia, Micol, Elías, Albano y Olimpia; pero la calidad literaria de las mismas está muy por debajo del unánime elogio de la crítica hondureña. “Inferiores a la medianía, excepto algunos villancicos”, parecieron a Menéndez y Pelayo las composiciones líricas de Reyes; y para Rubén Darío las Pastorelas “carecen de plan racional y hasta de nexo, aparte de otros defectos secundarios, como el lenguaje grandilocuente y la terminología científica que aparecen a veces en boca de sencillos pastores”. Lo cierto es que —como lo advierte el propio Darío— en aquellos tiempos de adormecimiento intelectual y pureza de costumbres, Reyes adquirió gran renombre. Seguírselo conservando hoy, momificado, más parece ceguera o afán de perdurar en el adormecimiento. Razón tuvo Medardo Mejía cuando exclamó: “¡Por Dios, no hablemos más del Padre Reyes!” Con mucho acierto, Julio Caillet Bois, en su reciente Antología de la poesía hispanoamericana (Aguilar, Madrid, 1959), lo ha colocado como el último poeta colonial.

Siquiera como una muestra de lo más fino que se encuentra en las Pastorelas, transcribo estos versos de Rubenia:

¡Oh, bosque solitario,

alegre en otro tiempo

do la bella Priscila

condujo tántas veces sus corderos!

¡Cuántas veces oíste

de su voz el acento

y cuántas repetiste

su graciosa expresión en suaves ecos!

¡Cuántas veces sus plantas

hollaron este suelo,

y cuántas en los árboles

con sus manos divinas grabó versos!

¡Mas, ah, que ya descansa

en profundo silencio,

y no la veréis más,

tristes cipreses y elevados cedros!

Contemporáneos de José Trinidad Reyes fueron tres poetas de innegable prosapia romántica: Carlos Gutiérrez, autor de una biografía de Fray Bartolomé de las Casas prologada por Castelar y quien, según el decir de Rómulo E. Durón, “era tenido por estrafalario y loco”; Justo Pérez, cuya locura fue cierta, de quien se conservan unas pocas composiciones; y Teodoro Aguiluz, político y jurista, cantor de la independencia centroamericana, quien en 1875 expresaba en versos sus anhelos americanistas:

Porque también sus hierros quebrante heroica Cuba,

la estrella solitaria que aún gime en la opresión.

No había existido —no podía existir— en Honduras un clima propicio para el desarrollo de la literatura, por el estado de continua lucha fratricida: no había siquiera conciencia de nacionalidad. Las figuras sobresalientes, los prohombres eran los caudillos, alguno de los cuales —Francisco Ferrera— dejó en sentidas estrofas el dolor de una pasión desgraciada. Reyes, Gutiérrez, Pérez y Aguiluz habían vivido fuera de Honduras; y de sus viajes trajeron la inquietud poética.

En el año de 1876 pareció haber llegado para el país la hora de la organización y de la estabilidad, al inaugurarse, por intervención de los gobiernos liberales de Guatemala y de El Salvador, el gobierno de Marco Aurelio Soto. Con éste —y principalmente por la influencia de su Ministro General, don Ramón Rosa, verdadero gran maestro de la juventud hondureña— llegó a Honduras una etapa de prosperidad y, con ella, el fomento de la educación y de la letras. El gobierno se preocupó, a la vez que por solucionar el problema cardinal de la tierra, por la organización administrativa, por fundar bibliotecas y archivos, hacer escribir las biografías de los próceres —obra cumbre de Rosa— y por becar a los más sobresalientes jóvenes de las provincias.

Preside el nacer poético —pues lo anterior era sólo leve esperanza— la presencia del poeta cubano José Joaquín Palma. Con él llegaron a Honduras auras románticas; y a él debemos los primeros cenáculos literarios. Se edita el primer libro de versos: Poesías del propio Palma (Tegucigalpa, 1882), que prologa Rosa e incluye una alocución de Soto, cultor también de la pluma. Palma mueve las conciencias, alaba, estimula, crea; canta a Tegucigalpa en recordadas décimas:

Bella, indolente, garrida

Tegucigalpa allá asoma…

La que propiamente merece el nombre de generación romántica surge en torno del poeta cubano. Características principales de la obra de esos poetas son, junto con su desmesurado sentimentalismo, cierto desaliño del idioma y pobreza en las imágenes, frutos de la minoría de edad, de la improvisación y de la influencia de los modelos románticos españoles. Se padecía —dirá más tarde don Esteban Guardiola— una decimomanía.

Manuel Molina Vijil (1853-1883) es, sin duda, la figura más destacada de esta generación. Palma lo elogió como poeta tierno y sentido. Con él se inicia el trágico desfile de los poetas hondureños suicidas: víctima de la locura, a pocos meses de casado, cuando ejercía exitosamente su profesión de médico, se suicidó, el 9 de marzo de 1883. El retrato que de él conozco lo muestra de complexión delgada, más bien demacrado y con cierto aire de alejamiento: la típica estampa romántica del poeta. Cantó la añoranza de la patria lejana y la del hogar; escribió odas cívicas; pero fueron sus versos pasionales los que lo hicieron popular:

Si en un jardín penetro, y en dulce arrobamiento

contemplo el casto broche de la naciente flor,

oculta entre sus hojas te finge el pensamiento,

mezclada en sus aromas la aroma de tu aliento,

que unidas se desprenden en húmedo vapor.

Ramón Reyes nutrió su poesía en Bécquer y en Byron; y en sus versos se presiente ya el tono modernista. Cultivó el ensayo y la oratoria; y pereció en una de nuestras tantas luchas civiles. En inspiradas estrofas cantó la muerte de Molina Vijil.

Cayó en la selva del elevado pino

al rudo embate del soberbio Noto…

¡Todos ignoran su fatal destino,

su porvenir ignoto!

………………………
Murió cantando en anchuroso río

el blanco cisne de rizadas plumas,

como mueren las rosas del estío

y pasan las espumas.

Es justo anotar en el haber poético de Reyes los asomos primeros de una poesía del paisaje propio. Hubiera sido el más logrado poeta de esta generación de no haberlo truncado el fusil fratricida.

Miguel A. Fortín (1863-?), también de estirpe byroniana y en cuyos versos (v. gr.: en ¿Humillarme?) se siente la influencia del primer Díaz Mirón, cumple con el ritual romántico de cantar a la naturaleza identificada con sus propios estados anímicos, principalmente en las octavas de su poema Al Guacerique.

En Jeremías Cisneros el romanticismo hondureño tiene su representante del indianismo, tan peculiar del romanticismo americano. En su largo poema lírico-descriptivo Lempira, rindió culto a la poderosa incitación del paisaje de sus serranías y al tema histórico; narra allí, más que canta, un episodio de la conquista: el de la desigual lucha entre el conquistador ibero y las huestes indígenas acaudilladas por Lempira. Quiere —y así lo expresa en los versos finales— marcar el camino hacia una literatura nacional.

Ciertamente, Cisneros fue mejor prosista que poeta: escribió tradiciones coloniales muy amenas y estudios históricos. Su verso es pobre; y la pobreza se ve empeorada por el abuso de un lenguaje seudocientífico y filosófico.

Joaquín Díaz (1843-1892) y Guadalupe Gallardo (1853-1894) cultivaron una poesía de tipo paisajista; el primero, en su Leyenda tegucigalpense y en el canto A Trujillo. Desde la montaña; el segundo, en su poema A Danlí. Carlos F. Gutiérrez (1861-1899), soldado y poeta, publicó una novela y un libro de versos, Piedras falsas (1898). Su poesía, de hondo sentimentalismo, corre aún en boca del pueblo. Con él aparece por primera vez en Honduras el verso humorístico en composiciones como Mi Ñata, De fiesta, Tragué el anzuelo y Episodio, en las cuales hay atisbos de folklorismo y uso del lenguaje popular.

De esta misma generación romántica, aunque con menor calidad poética, puede mencionarse a Carlos Alberto Uclés, eminente jurisconsulto; Rómulo E. Durón, historiador y autor de la primera antología poética de Honduras: Honduras literaria (1899); Juan María Cuellar; Jesús Torres Colindres, quien en sus Camafeos cantó a Gutiérrez Nájera, Rubén Darío y Díaz Mirón y pedía a éste:

¡Canta, poeta! ¡La América se inclina

cuando truenan las letras de tu nombre!;

y Félix A. Tejeda, cantor de la poesía, imprevistamente fugitivo de la vida a los treinta años.

Característica propia de estas dos generaciones románticas fue la de ser sus poetas al mismo tiempo hombres públicos, ligados estrechamente a la política y a las luchas civiles de su pueblo.

(Continúa en segunda parte)

Tomado de la Segunda Edición (2008) de la Secretaría de Cultura, Artes y Deportes. Editorial Cultura que a su vez lo tomó de  la revista Cuadernos Americanos, año XX, N°6, México, D.F., noviembre y diciembre de 1961.

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