Presentación “El Dios de Víctor y otras herejías”.

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Casasola Editores presentó la noche del miércoles 18 de febrero en el Café Paradiso, la colección de cuentos El Dios de Víctor y otras herejías del autor hondureño Óscar Estrada. Un proyecto literario que recoge cuentos que fueron acumulándose en los archivos del autor por más de quince años. Cuentos de profunda reflexión existencial, con el trasfondo de la cotidianidad del hondureño, la guerra y sus efectos, y lo absurdo que es la muerte temprana. 

El evento inició con la lectura del prólogo escrito por el poeta Rigoberto Paredes. Paredes sugiere que para Óscar Estrada, la verdadera Herejía es la guerra y celebra la publicación del libro como lo hacemos nosotros en Casasola Editores. 

Seguidamente, Óscar Estrada realizó la lectura de los cuentos: “La vida es esto” y “El jardín de Clementina”. Ambas piezas retratan el encuentro con la muerte, que viene a ser el hilo conductor del libro. ¿Cómo trascendemos ante la inminencia de la muerte? La respuesta parece ser una y otra vez: asumiendo las verdades que nos ofrece el existir.

Como último punto de la presentación, Óscar Estrado y René Centeno, en representación de Casasola Editores, iniciaron un conversatorio en el cuál se habló sobre el proceso para la selección del nombre de El Dios de Víctor y otras herejías; sobre las decisiones editoriales que llevaron a la publicación del libro a su formato final y sobre las expectativas que tiene sobre la obra. De manera espontánea, la audiencia inició su participación elaborando preguntas de diversa índole en torno a la literatura, el cine y la creación artística como tal.

En Casasola Editores nos encontramos muy complacidos por la presentación de este libro, que permite al lector reconocer el talento y madurez artística de este escritor, quien esperamos nos siga sorprendiendo con su trabajo por muchos años más.

Tegucigalpa M.D.C., 19 de febrero de 2015

Fotos de Delmer Membreño

PANORAMA DE LA POESÍA HONDUREÑA (5)

03) El General Carías, en Zambrano, junto a su esposa,Juan Manuel Gálvez , Antonio C. Rivera y José María Albir, alias “pico de oro”, de boina.

PorOscar Castañeda Batres

El año de 1935 marca una crisis definitiva en la Historia de Honduras: se inicia el proceso de entronizamiento de la dictadura —auspiciada, y mantenida después, por las empresas imperialistas y por los grandes terratenientes— que va a durar hasta 1956. Con Carías, Juan Manuel Gálvez y Julio Lozano, el pueblo hondureño será privado de sus derechos, y sus mejores hombres perseguidos y aniquilados durante veintiún años.

Bajo este clima nuevo —que coincide con situaciones idénticas en todo Centroamérica, excepción hecha de Costa Rica— una nueva generación literaria surge en Honduras. Es la Generación de la Dictadura. Largo sería enumerar los nombres de quienes la integramos, porque abarca un amplísimo período, si nos atenemos a un criterio de condicionamiento para determinar lo generacional. Los escritores que desde 1935 hasta 1950 iniciaron su obra poética quedan englobados en esta generación.

Pero si sería largo enumerar nombres, es indudable que resulta fácil fijar la obra de estos escritores y poetas. La mayoría, situados dentro del sistema dictatorial, continuaron a la zaga de su tiempo y de su pueblo, ajenos a la tragedia de la nación. Unos por conveniencia, otros por miedo, los más por aislamiento, cultivaron una poesía de trasnochado sentimentalismo, de imaginario erotismo, de flor y nube. Su obra carece de interés y de valor literario, porque tampoco supieron salir de los moldes arcaicos o de los tópicos trillados de la poesía subjetiva. Citar nombres es innecesario.

Pocos —los menos— llegaron con impulso social a la poesía e hicieron de ella trinchera y bandera de inconformismo, de rebeldía. Quiero significar a esta generación a través de sus dos más destacados representativos.

Vicente Alemán h. (1912) es, sin duda, el más alto temperamento de poeta que haya producido Honduras. Por la poesía sacrificó hasta el nombre: adoptó para ella el seudónimo de Claudio Barrera, en su juventud primera; y desde entonces yace insepulto Vicente Alemán h.

En Claudio la poesía no fue ocupación precoz: fue primero niño, adolescente, hombre; y, siéndolo ya, sintió madurar dentro de sí el Verbo. No hubo en su obra angustias postizas ni tragedias falsificadas ni rimas trasnochadas a los amores imposibles, con todo y ser bohemio impenitente. “Comencé esta inofensiva costumbre de publicar versos —escribe él— allá por el año de 1937, cuando tenía 25 años, vividos entre una euforia adolescente y huraña”.

En Tokio, en 1939, se edita su primer libro: La pregunta infinita, poema elegiaco a la memoria de Marco A. Ponce. Parece como que, simbólicamente, Claudio hubiera querido iniciar su canto recogiendo la poesía de allí donde quedó truncado el rumbo nuevo: atleta olímpico que recoge el fuego sagrado para seguir la carrera. El hilar perenne de Marco —esa angustia vital que nunca ha de abandonarlo— es su primera confesión:

yo también hilo y deshilo

suertes en copas de sal…

Tres años después (1942), publica en Honduras Brotes hondos, donde se augura ya una nueva tónica en nuestra lírica, un mensaje que no estaba antes en nuestra poesía. Luego, en México, en 1944, publica Cantos democráticos al general Morazán, albor primero de poesía ciudadana consciente en aquel clima feudal en que la palabra misma democracia estaba prohibida. Morazán es el pretexto —como lo será más tarde en mi libro La estrella vulnerada— para anunciar —la Segunda Guerra tocaba a su término y parecía que una nueva era empezaría para el mundo— el fin de la noche hondureña:

Veremos desde ahora, por todos los horarios de la tierra,

marcar la hora propicia con rumbo a tu llegada.

Vienes en un momento terrible a nuestra suerte,

porque se juega el mundo su carta ensangrentada.

Después de los Cantos democráticos vinieron: Fechas de sangre (San Salvador, 1946), Las liturgias del sueño (San José de Costa Rica, 1948), Recuento de la imagen (Tegucigalpa, 1951), El ballet de las guarias y La niña de Fuenterrosa (Tegucigalpa, 1952) y La estrella y la cruz (Tegucigalpa, 1953). Finalmente, hace pocos años, decidió editar un volumen de Poesía completa, que bien sabemos será el primer volumen de ella, porque a sus 47 años fecundos está muy lejos de la pregunta infinita.

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PANORAMA DE LA POESÍA HONDUREÑA (4)

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PorOscar Castañeda Batres

Luis Andrés Zúñiga (1878), que convivió con Darío en París, sólo ha llegado a publicar en volumen una parte de su obra (El banquete, 1920). Es, por antonomasia, el poeta laureado de Honduras: en 1916 se le premió por su drama Los conspiradores; antes había obtenido una flor natural por su poema Poeta y aldeano; y en 1926 se le volvió a laurear por su Himno al pino. Zúñiga es y sigue siendo un poeta romántico. Captó, o quiso captar, el tono primero del modernismo; pero jamás llegó a dominar el sortilegio de la metáfora. En nuestra historia poética se le ha de recordar un gran poema: Águilas conquistadoras, en el cual expresó su dolor de americano ante las agresiones imperialistas:

¡Oh, los hijos de Lincoln, que encendida

nos mostráis una espada fratricida:

vuestra espada es puñal!

¿Pensáis que nuestra aljaba está dormida?

¡Nunca duerme bajo el sol tropical!

El tono de la poesía de Luis Andrés Zúñiga lo da este soneto que él tituló La ribera encantada:

Algo del mundo dime, viajero afortunado.

Dime: ¿qué reina ahora? ¿Aún reina la doblez?

Que hace ya muchos años que estoy aquí encantado

de este lago en la orilla risueña en que me ves.

Yo vi de una hada joven el seno sonrosado:

surgiendo de esas aguas la sorprendí una vez

y sus divinas formas dejáronme hechizado.

Era su faz perfecta; lo mismo eran sus pies.

Y desde entonces sigo, por la dormida arena,

sus labios enervantes, su canto de sirena,

el canto más radioso que se escuchó jamás;

y he de vagar por siempre sobre esta inmensa orilla,

pues cuando huir intento de esta hada sin mancilla

sus pérfidos imanes me atraen más y más.

Compárese con la Pesca de sirenas, de Juan Ramón —por la similitud del tema— y se advertirá la diferencia entre éste y sus contemporáneos.

Augusto C. Coello (1884-1940), escritor de sociología y derecho, cultivó el poema como un deliquio de atardecer. Era suya el alma crepuscular que gusta ensayar la metáfora sencilla después de la faena. No pasará a ninguna antología. En Honduras es más conocido por ser autor del Himno Nacional. Y, sin embargo, tuvo aciertos poéticos, como éste —de tono claramente dariano— de su soneto Como el agua:

Como el agua de limpio y cristalino,

como el agua de puro y transparente,

como el agua cordial que en el camino

calma la angustia de la sed ardiente;

como el agua que copia el astro de oro

en el limpio cristal de su corriente;

como hilo de agua, diáfano y sonoro

y parlero y sutil y refulgente;

así quisiera ser… ¡Qué ansias, Dios mío,

de ser un fresco y candoroso río

en ignorada soledad florida!

¡O ser aire o ser piedra o no ser nada,

y no carne maldita condenada

a las hambrientas garras de la vida!.

En natural reacción contra el modernismo francamente en decadencia —y contra sus excesos formales, llevados ya a un grado de deshumanización de la poesía—, los nuevos líricos volvieron los ojos al romanticismo con toda su expresión sincera y —respetando los logros verdaderos del modernismo— a formas expresivas que recobrarán para el poema su calidad comunicativa. Primordialmente González Martínez — tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje— y Porfirio Barba-Jacob encabezaron esta reacción superadora.

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José Emilio Pacheco

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Casasola Editores tuvo el honor de participar en el homenaje a José Emilio Pacheco, realizado el pasado martes 17 de febrero en el Instituto Cultural Mexicano, de Washington, DC, con la producción de un video tributo al poeta, ensayista, traductor, novelista y cuentista mexicano.
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José Emilio Pacheco en Maryland

“En su «Meditación XVII» el poeta inglés John Donne nos advierte que «Nadie es una isla por completo en sí mismo» y que «cada hombre es un pedazo de un continente, una parte de la Tierra», por tanto, este homenaje dedicado a quien nos tocó con su bondad y su talento, como una ráfaga de luz encendida, no hubiese sido posible sin la generosa disposición de muchas personas.

Debo, ante todo, darle las gracias al Instituto Cultural Mexicano y, en especial, a la señora Laura Ramírez Rasgado quien, sin vacilar, aceptó la idea de honrar la memoria de José Emilio en este claustro de las artes. Quisiera también agradecer a la profesora Amelia Mondragón por revisar cada detalle de este homenaje para que estuviera a la altura de nuestro amigo y maestro; al profesor Saúl Sosnowski, porque sin su lucidez en la contratación de profesores para el Departamento de Español en la Universidad de Maryland, José Emilio no hubiese llegado a nuestras vidas; al profesor Hernán Sánchez M. de Pinillos, cuya erudición ha insistido en presentar la obra de José Emilio como el último eslabón de grandes poetas en los más de mil años que lleva andando la poesía en lengua española; a Mario Ramos y a Casasola Editores por prestarnos su infraestructura para rodar el pequeño video que han visto esta noche y grabar las palabras del escritor Sergio Ramírez, a quien creo oportuno agradecer; a María Cristina Monsalve, Ginette Alomar-Eldredge, Melissa González-Contreras y José Alfredo Contreras por leer espléndidamente; a la audiencia que hoy nos acompaña, porque si algo tenía José Emilio era el poder de congregar a la gente, acercando las grandes y ideas a las masas con un lenguaje sencillo y ameno. Cuentan los periódicos mexicanos que mientras su cuerpo era velado en capilla ardiente en el Colegio de Nacional, cientos de estudiantes de secundaria se acercaban al féretro para depositar una flor mientras portaban ejemplares de «Las batallas en el desierto». Finalmente, se me escapan las palabras para agradecerle a la señora Cristina Pacheco su presencia, pues es conocido por todos la inmensa labor cultural que ha llevado y sigue llevando a cabo en México, y lo difícil que le fue tomarse estos días para estar entre nosotros. Habrá de saberlo, señora, que José Emilio hizo grandes amigos en Maryland, y él acabó siendo parte de nuestra familia”

Fueron las palabras de cierre del músico y escritor nicaragüense Roberto Carlos Pérez.

PANORAMA DE LA POESÍA HONDUREÑA (3)

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PorOscar Castañeda Batres

El modernismo tuvo en Honduras una floración insospechada con la generación de La Juventud Hondureña (1895) o generación del novecientos. Sobresalen en ella los nombres de Froylán Turcios, Juan Ramón Molina y Jorge Federico Zepeda.

Florecía entonces aquella poesía de exquisiteces, de tonalidades vagas y de temas exóticos que habría de culminar en el preciosismo —cuando no en un barroquismo que ejemplifica perfectamente la obra de Julio Herrera y Reissig; y los poetas hondureños no fueron ajenos a tales características, aunque tengo para mí que, quizá por lo agreste de la tierra y por su alejamiento de las rutas de la civilización, estuvieron menos permeados por el rubendarismo de la primera época.

Froylán Turcios (1874-1943), nacido en la opulencia, vivió su infancia y adolescencia en un ambiente de dulce y tranquila rusticidad que será tema nostálgico de su obra. Ligado a la política desde su primera juventud, llegó a ser el representante de Sandino en Hispanoamérica. Desempeñó cargos diplomáticos y viajó por Europa y el Oriente, trayendo de sus viajes refinamientos que adornan toda su creación. Su poesía es poesía de élite.

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PANORAMA DE LA POESÍA HONDUREÑA (2)

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Por Oscar Castañeda Batres

José Antonio Domínguez (1869-1903) puede ser considerado como un poeta de transición entre los románticos y la nueva manera del modernismo. Nació en las tierras llanas del oriente hondureño, en Juticalpa, Departamento de Olancho. Fue uno de los jóvenes destacados que el presidente Soto hizo llegar a la capital a prepararse como maestro; y coronó después la carrera de abogado. Tomó parte activa en la política y ocupó puestos públicos de importancia; y —tragedia tantas veces repetida en Honduras— murió prematuramente, cuando —como él lo dijo del poeta José María Gutiérrez, que le precedió:

…en hora de letal fastidio,

náufrago de la fe, su frente mustia

besó con beso trágico el suicidio.

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PANORAMA DE LA POESÍA HONDUREÑA (1)

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Por Oscar Castañeda Batres

Fue en esta tierra de Honduras donde por primera vez, en 1497, recaló una nave europea en tierra continental americana; y Juan Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón fueron —así lo escribió don Hernando Colón— quienes bautizaron al antiguo reino de Guaimura con el nombre de Honduras. Y es cierto que esta América resulta ser la bien llamada, como dice Levillier, porque en ese mismo viaje llenó de verdores sus ojos aquel corresponsal del Gonfaloniero vitalicio de Venecia: maese Amérigo Vespucci.

Cinco años después, en 1502, el Almirante de la Mar Oceania, don Cristóbal Colón, arribará a la isla de Guanaja, toda increíblemente verde y fértil —transcribe Pedro Mártir de Anglería—, para bordear después una costa de vientos adversos que se denominaba Quiriquetana y que él, en su ilusión del Oriente indio, llamó Ciamba.

Desde entonces Guaimura y poco después las Higüeras, donde había periclitado el florón científico del Primer Imperio maya —la metrópoli astronómica de Copán, patria del calendario—, cuyas ruinas asombrarían en 1576 al Oidor don Diego García del Palacio, comienzan sus trágicas historias de provincia española. El pasado precolombino de piedra y estuco mantiene aún su secreto inviolado —quizá por el poco requiebro de nuestros estudiosos.

A esta pequeña provincia convergieron las audacias y las codicias de los grandes conquistadores: las de Cortés —que escribía a Carlos V ser esta una provincia muy rica— con las de Pedrarias Dávila, el tetrarca del Darien; las de Cristóbal de Olid — conquistador de Michoacán que vino a morir en Naco, pagando así con su vida su traición a un traidor triunfante—con las del protegido del Obispo de Burgos, Gil González de Avila; las de don Francisco de Montejo —asombrado todavía de las grandezas de Yucatán— con las de Pedro de Alvarado, el Tonatiuh de la matanza de Iximché; y las de Alonso de Cáceres y de Chávez, alevosos inmoladores de Lempira, héroe de nuestra epopeya indígena. Aquí llegó —después de un viaje inverosímil— el propio don Hernando de Cortés, quien a punto estuvo de terminar sus días en Guaimura. Aquí dejó también las huellas de su crueldad, ajusticiando la rebeldía de Mázatl —el otro héroe indígena—, como había ajusticiado la grandeza de Cuauhtémoc.

La primera Relación de Honduras la escribió el primero de sus obispos: don Cristóbal de Pedraza. Y es de creer que la tierra impresionó gratamente al Obispo, porque la encontró lujuriosa. “Primeramente la primera tierra que se ve de todos los que van a ella —escribió— es las sierras de la ciudad de Truxillo, que parecen a forma de dos tetas de mujer…”

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