LAS NOVELAS “UTÓPICAS” DE RAFAEL ARÉVALO MARTÍNEZ

Arevalo
Rafael Arévalo Martínez (1884 -1975)

Emiliano Coello Gutiérrez

Revista electrónica de estudios hispánicos

Aunque la huella de la máxima novela de Cervantes en la literatura arevaliana no es muy profunda, sí puede comprobarse que a lo largo de la producción del guatemalteco hay continuas alusiones a El Quijote, lo que indica que tenía esta novela en un lugar muy especial de su memoria.

Por ejemplo, en Una vida (1914), narración autobiográfica, mencionando el modo de leer en su juventud, el autor dice: “Los días de claro en claro y las noches de turbio en turbio ya se sabe que generan Quijotes. Toda mi naturaleza se había acostumbrado a aquella droga sedante de una continua lectura. La ficción me es desde entonces precisa como el alcohol al beodo”. En La oficina de paz de Orolandia (1925), ante el comportamiento extravagante de un empleado que llora por haber perdido una estatua para él muy querida, el narrador afirma: “Aquello fue una repetición de la escena entre Sancho y su rucio”. Y en Las Noches en el Palacio de la Nunciatura (1927), Arévalo se refiere al poeta Porfirio Barba Jacob como “una evocación de Don Quijote revivido en esta edad; un Don Quijote degenerado y seleccionado a la vez”.

Asimismo, en los versos del guatemalteco, El Quijote es un libro al que remiten poemas como “Locura”, “Canto al Arcipreste de Hita”, “Sancho Panza contemporáneo” o “Canto a las frases, los mares y las penínsulas”.

Pero lo que realmente interesa aquí es la relación de El Quijote con las novelas El mundo de los maharachías (1938) y Viaje a Ipanda (1939), sobre todo con la primera. Hay en la misma un Post-Scriptum muy cervantino por varias razones. Sabemos que en el episodio de la Alcaná de Toledo (capítulo IX de El Quijote, I) Cervantes dice encontrarse varios pergaminos con la historia de Don Quijote firmada por el moro Cide Hamete Benengeli. Estos pliegos los traduce del árabe, con grandes risotadas, un morisco aljamiado en una de las tiendas. Es decir, Cervantes ni siquiera asume el papel de traductor de la obra, sino que se presenta como un mero copista o divulgador de la misma. Con Arévalo ocurre igualmente: no es él, sino un diplomático hispanoamericano quien ha obtenido las novelas de ciencia ficción del “astral”5. Éste las entrega a nuestro autor para que, por vía de sus influencias en el medio literario, las publique.

Tanto el prólogo de El Quijote como el Post-Scriptum de El mundo de los maharachías sirven a ambos escritores para hacer crítica literaria en general y crítica de sus obras en particular. El alcalaíno se refiere a su novela con estas palabras: “una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición y doctrina”. Arévalo también desprecia las utopías, especialmente en un mundo tan convulso como el que le tocó vivir en 1939: “¡Vivir los hombres en paz! ¡Qué locura!”, exclama.

Pero estas autocensuras no son más que la refracción irónica del elogio, ya que Cervantes alude a su hijo literario como “lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno”. El guatemalteco es más escandaloso aún en su alabanza. Por boca del diplomático habla de otra novela leída en el astral, de la época de la invasión musulmana en España, inédita, de la que se asegura: “la crítica más elemental le diría que ese romance arábigo-español es tan portentoso que si hubiese sido publicado no se consideraría El Quijote la obra española por excelencia”. Es lógico pensar que esa opinión era también aplicable, en el juicio de Arévalo, a sus novelas “utópicas”.

Existe también paralelismo en el hecho de que ambos escritores presentan a sus protagonistas, Don Quijote y Manuol, como dementes. Esto es claro con respecto al personaje cervantino, posible con respecto al personaje arevaliano. Manuol es, además del protagonista, el narrador de las obras. Convive al lado de seres fantásticos con aspecto de simios e inteligencia sobrehumana en El mundo de los maharachías y cuando escribe el testimonio de esa maravillosa civilización, inunda el texto de justificaciones que nos hacen sospechar de su equilibrio mental. Así, cuando narra el primer contacto con esos monos singulares alude a términos como “fiebre” o “crisis”. De la misma forma, después que la población de estos simios ha sido devastada, Manuol espera la muerte en una cárcel. Dice: “Ahora, en cuanto a mí, sé que también voy a morir, y recluso en la estancia que me habían designado los maharachías, escribo estas últimas líneas sobre mi cama. Desde aquí oigo los pasos de mis guardianes. Hace una media hora pude escuchar que también se discutía mi destino por los matadores de mis amos”. Al lector malintencionado le es inevitable pensar que ni esa celda ni esos celadores que la custodian son de ningún país remoto, sino los de un hospital para perturbados.

Así pues, ambos escritores, en lo que respecta a la autoría de sus obras y a los principales personajes de ellas, juegan con los conceptos de realidad y fantasía. Pero no se trata solo de una cuestión de ingenio. Lo que ambos locos, Don Quijote y Manuol, defienden en sus obras, podía no ser del gusto de la censura contrarreformista en un caso y de la censura del general Ubico (1931-1944) en otro. Estas novelas, pues, se insertan plenamente en los respectivos aconteceres de sus épocas. Por eso cumplen con perfección la máxima de que el arte es una gran mentira que oculta una gran verdad.

Ocurre con las novelas utópicas de Arévalo lo mismo que con El Quijote. En esta gran creación el mundo ideal se palpa de continuo porque el caballero manchego lo expresa verbalmente, lo mienta, pero ese paraíso soñado nunca alcanza a materializarse del todo en la obra, sino más bien al revés: lo maravilloso cede ante la fuerza de la caída, ante el peso de lo cotidiano.

La parte propiamente utópica de Viaje a Ipanda está escrita en forma de diálogos y se ubica en dieciocho de los cuarenta capítulos totales de la novela. En ellos se habla de la enseñanza ipandesa, de política nacional e internacional, de justicia, sanidad, religión, de la juventud, de las bibliotecas y del sistema penitenciario ipandés. Todos estos capítulos tienen en común los asuntos sociales.

Hay en ellos ideas tan felices como la del servicio manual obligatorio. En Ipanda se insta a que todos los individuos de edad comprendida entre los quince y los veinte años trabajen en faenas materialmente productivas. Según se cuenta, en cierta época en la nación ipandesa, con el crecimiento del bienestar de todos, estos trabajos imprescindibles se fueron abandonando por puestos más sedentarios en relación con la burocracia, la técnica o las tareas sociales. Pero posteriormente, gracias al servicio manual obligatorio, la producción masiva de bienes y servicios de primera necesidad genera un excedente que permite que, así como todos producen, todos puedan beneficiarse igualmente del tiempo libre y de la dedicación a tareas creativas. Es por eso por lo que se asegura que las ciencias y las artes se han desarrollado mucho en el país.

Las leyes de matrimonio también sorprenden por su progresismo: un sencillo trámite une y deshace las parejas. Esto no va necesariamente en contra de la familia, porque el divorcio está mal visto en la nación. Las mujeres, asimismo, gozan de total libertad en el entorno ipandés, no siendo la ley sino la ética el límite de sus acciones. El arte ha perdido su función decorativa y se ha hecho público: los mejores arquitectos trabajan en el diseño de hospitales y casas de socorro. Y las prisiones ya no son centros de tortura, porque han acogido la comodidad de los sanatorios.

De la misma forma, al ser un Estado fuerte, se han conquistado triunfos en la dimensión educativa: crece el número de “obreros de la ciencia”, necesarios en toda sociedad culta, que se ocupan de dirimir las cuestiones prácticas, del mismo modo que disminuye el número de auténticos creadores y teóricos, que no adolecen de trabas para desarrollar sus proyectos, pues disponen con lujo de los medios necesarios.

Habría que insistir en la calidad de pionera que tiene esta novela de Rafael Arévalo Martínez y en lo excepcional del hecho de que haya sido escrita en la Guatemala de los años treinta. En esta obra el autor, a través del mecanismo de su portentosa imaginación, profetiza acerca de lo que posteriormente se conocerá, en Europa y en Estados Unidos, como “Estado del bienestar”. En efecto, en Viaje a Ipanda, los naturales viven en una socialdemocracia que ha alcanzado la más alta cota de desarrollo, ya que en el país se desconocen la miseria, el analfabetismo o los desequilibrios económicos. La iniciativa privada y la planificación estatal conviven a la perfección, e incluso las elites económicas y políticas del país han aceptado voluntariamente poner límite a sus riquezas para que el patrimonio individual sea compatible con la redistribución.

Pero la utopía se difumina (y por ello mismo no sería justo hablar de “novela utópica”, sino de “novela de ciencia ficción”) por cuanto Viaje a Ipanda representa el discurrir narrativo de un conflicto fundamental: el que enfrenta y divide a la raza ipandesa, nativa del país, y a los inmigrantes rebeldes (sureños), que quieren tomar el poder para cambiar las instituciones nacionales. Esto en lo que concierne a la trama principal. Existen por otra parte una serie de tramas secundarias que se oponen entre sí por su significado y que son una extensión del sentido de la trama principal. Se trata de historias sentimentales fallidas en su mayoría.

La relación tortuosa de Trémel, líder sindicalista rebelde, y Seda, hija de Hernón, es un reflejo de la falta de vínculo entre las dos razas, la de los sureños y la de los naturales. La pasión termina en catástrofe (Trémel asesina a Seda y se suicida), como la historia novelesca regente. Lo mismo ocurre con los amores de Bolisario, el presidente de la República, y la joven inmigrante Cota. El contrapunto de este cariz trágico lo pone el idilio entre Manuol y Seda, y la exaltación narrativa del presidente de la República hecha por Hernón y sus hijos.

El enfrentamiento entre las dos razas, la de los ipandeses (descritos como altos, guapos, rubios y bondadosos) y la de los inmigrantes (descritos como pequeños, gruesos, morenos y rebeldes) es a causa de que los primeros han restringido el acceso a las prebendas a los segundos, que quieren tomar el poder a toda costa. La sociedad ipandesa se halla entonces cruelmente dividida en dos mitades.

Viaje a Ipanda no es utópica porque es novela, y este género se caracteriza por el desarrollo en la ficción de un conflicto. Este último término y el de utopía son disímiles, ya que, desde Cervantes, el género novela se caracteriza precisamente por confrontar la idea de un mundo perfecto con los avatares de la realidad. Nuestra obra solo es utópica en los diálogos, en los que hay una jerarquización de los interlocutores (Hernón es el maestro y Manuol es el discípulo) y en los que incluso la caracterización de los personajes obedece a un molde establecido. Se acercan, pues, más al ensayo que a la novela.

Don Quijote nunca puede acceder a un paraíso porque este es un lugar del pensamiento, una plaza estática, inamovible. Si llegase al reino de los cielos, dejaría de ser una criatura literaria, porque el concepto de acción novelesca es incompatible con la armonía de una sociedad perfecta.

En el seno de la estructura de El mundo de los maharachías hay una dialéctica análoga a la que dinamiza Viaje a Ipanda, aunque de sentido e intención muy diferente. En efecto, en esta última novela ocurre una pugna entre dos razas humanas, la nativa, que goza de un estatus superior, y la inmigrante, que se siente marginada y que pelea para alcanzar el dominio. Sin embargo, en El mundo de los maharachías la confrontación tiene lugar entre los hombres y una estirpe de cuadrúmanos cuyo grado de civilización es tan increíble que voluntariamente se aíslan de sus bestiales vecinos. Se trata de los maharachías, a quienes los hombres odian, al punto que acaban por exterminarlos.

En El mundo de los maharachías funcionan tres tramas. La de mayor trascendencia en cuanto al significado del conjunto es la que tiene que ver con esa enemistad entre los maharachías y sus semejantes, los hombres. En los capítulos séptimo y octavo los simios reciben la noticia de que su muerte a manos de los dromones, pueblo guerrero, está próxima. En el capítulo decimoséptimo el líder espiritual maharachía, mahma Arón, explica a Manuol que su gente no piensa oponer resistencia a sus verdugos. Y en el capítulo vigésimo el tal exterminio se patentiza: el clan de mil novecientos noventa y siete cuadrúmanos desaparece.

Junto al hilo principal transcurren dos tramas secundarias o subtramas que reproducen la esencia trágica de éste y que se oponen entre sí. Por una parte la obra narra la pureza de costumbres de los maharachías, sus usos sociales pacíficos, basados en la ausencia de propiedad privada, el culto a la familia y la búsqueda del progreso en todas las ciencias y artes. Por otra, la obra se ocupa del triángulo amoroso que configura Manuol con dos mujeres de esta extraña raza: Aixa y Iabel. Aixa representa la paz, el equilibrio, la sabiduría. Iabel la pasión, el dominio sobre el otro, el llamado cruel de los ancestros animales. Manuol, como hombre, escoge a la segunda, y su error es una metáfora de la trama principal: el triste hado de los bípedos racionales parece ser el cainismo.

En lo que atañe al contenido, nuestra novela debería ser definida (igual que Viaje a Ipanda), más que como novela utópica, como novela de ciencia ficción. Pueden deducirse las características del género por discriminación negativa, como hace Juan Ignacio Ferreras en su libro. La novela de ciencia ficción no será, pues, novela de terror ni novela científica ni novela utópica o política. Parte, eso sí, de un cuestionamiento radical de las estructuras sociales y económicas de su tiempo, a las que se pone en entredicho desde una perspectiva futurista. Como dice Ferreras, se trata de una “novela romántica con futuro”. Más bien podría decirse que es una novela “realista” donde el paradigma romántico (así como en la novela del Romanticismo se trataba del pasado medieval, en la de ciencia ficción será la utopía futurista) ha sido subvertido al ser confrontado literariamente con lo real.

El elemento científico en El mundo de los maharachías proviene de Darwin. Efectivamente, en uno de los capítulos de El origen del hombre (1871), el inglés afirma que nuestra raza proviene de un mamífero cuadrúmano, velludo, con rabo y orejas puntiagudas, arbóreo probablemente en sus hábitos y habitante del mundo antiguo. Estos son los maharachías, con la diferencia de que han perdido el vello y de que su color es blanco, un blanco purísimo. La hipótesis científica de la que arranca la novela (fantástica, pues) es la de que, de este tronco común, surgen dos especies, la maharachía y la humana que, al vivir en medios distintos, llegan a muy diferentes resultados biológicos.

Según dice la obra, en un principio los hombres y los cuadrúmanos convivieron en las selvas de la cuenca del Amecenas, pero los simios se apartaron de sus parientes al ver que se convertían en “los hombres de la flecha”. Los maravillosos monos no abandonan los árboles como los bímanos, los cuales, una vez en la tierra, se ven absolutamente constreñidos por la necesidad, la escasez y el deseo. He aquí que la cultura que crean asocia la expansión y el dominio, la fuerza con un estatuto superior. Se transforman en una estirpe carnívora, voraz. En cambio, los maharachías son una raza arbórea, de origen herbívoro. La prodigalidad de la selva en que viven los abastece de alimento para todos y no están limitados por la lucha por la supervivencia. Establecen, pues, una cultura pacífica, en la que la energía del combate ha sido superada en un continuo afán por el progreso que no conoce fin, hasta trascender en una extraordinaria civilización que convive con la ipandesa.

Fijémonos en que Arévalo, partiendo en esta novela de Darwin, contradice una tesis fundamental de su teoría científica y filosófica: la que asegura que la conquista del entorno implica necesariamente superpoblación de la especie y que a su vez dicho crecimiento del número de individuos es la causa de la selección natural y el origen de la inteligencia y de la cultura. Los maharachías, raza arbórea, aun habiendo obtenido el triunfo sobre el entorno, ni se han superpoblado ni han hecho de la guerra un mecanismo de civilización. Y no por ello sus mentes son inferiores a las humanas, sino al revés. En El mundo de los maharachías hay una unidad que acoge lo diverso: existen animales que han impedido las fases regresivas de su desarrollo anulando sus instintos de reproducción no controlada y de destructividad.

Nuestra obra es literatura que parte de la biología, pues. Es científica y es fictiva, como corresponde a la ciencia ficción. Pero no hay en ella robots ni mutantes ni increíbles adelantos científicos. Existe una raza profundamente mental en la que la comunicación a través del verbo ha sido mejorada por la telepatía.

En lo político, Arévalo ha materializado en esta obra el sueño comunista: todas las necesidades-capacidades del individuo son satisfechas y el reino de la libertad desplaza al del determinismo, así como el trabajo intelectual se ha impuesto sobre el trabajo mecánico.

Pero la novela de ciencia ficción es en resumen una novela “realista”, y la utopía no permanece. Los divinos monos, que han alcanzado el ápice de las costumbres, la Edad de Oro de las escatologías antiguas, la que pedía para el mundo Don Quijote, tienen que morir, y sus verdugos son precisamente los humanos. Es inquietante que no sean los hombres quienes evolucionan moralmente en estas obras, sino una especie fantástica producto de la invención del autor.

Cuando se termina de leer estas novelas, queda un regusto amargo, como cuando se termina de leer El Quijote. El adalid manchego cuelga definitivamente las armas del ideal, vuelve a ser Alonso Quijano para que muera el de la Triste Figura. En esta oscilación de extremos, entre el más ferviente utopismo y el más puro escepticismo se encuentran las literaturas de Miguel de Cervantes y Rafael Arévalo Martínez. Se encuentra, a fin de cuentas, la novela.

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