El espacio finito que se llama novela en El mundo es un puñado de polvo

Cover El mundo es un puñado de polvo-1

Sonofelet Vergua de la Vega

Escribir es darle vida en las letras a una experiencia vivida, es imponer un orden, crear un orden, construir un universo a partir de los materiales que el escritor encuentra en su camino. La literatura no es la vida, es lo vivido y lo no vivido. La materia con la que se construye la vida es la vida misma; la literatura se alimenta de esa materia, pero no llega a ser vida más que como percepción, lectura, composición arbitraria, reflejo. Sin embargo, en la obra literaria opera, como una metáfora, el mismo caos imperceptible de la vida. Todos los caminos inconclusos en la obra, la lectura imposible, son la obra inexistente. En la vida misma estos caminos han sido andados por los personajes y su paso final lo constituye una balada filosófica, existencial. Un devenir concretizado, material y tangible, historiable, percibido por la infinidad de personajes que circulan en derredor de sí mismos.  Los protagónicos, los seres que captan la atención prioritaria en la obra son hijos de la elección arbitraria del autor. La obra no sólo emula la vida, sino que es vida en tanto percepción de la vida, discurso inmerso en otro discurso, devenir de la vida en tanto devenir perpetuo. Pero se detiene, cifra un momento abierto, produce un agujero en el lienzo del discurso. El hombre capta su esencia básica de perceptor de sí mismo en la lectura de la obra, es decir, en la escritura. La arbitrariedad de ser hombre, pavesa o ceniza, átomo ebrio en el espacio, toda posibilidad volátil termina al detener el devenir en el tiempo de la obra. Cada autor escribe desde una terraza, desde una enorme plataforma en la que comunica su espacio. Romper los límites de las terrazas, abrazar más lejos con las palabras, ir al destino en que todo se funde, a los canales, a los vasos comunicantes, a los intersticios imprevistos, a los recovecos de la imaginación, a los personajes no existentes, a los sitios donde hombre o mujer son arbitrariedad pura, lo mismo que animal, molécula o danza espacial; en fin, ir más allá de la percepción de la vida, de la finalidad en la literatura (Deconstrucción). Por ello la literatura también es devenir, lo no vivido. Dar vida a lo vivido y a lo no vivido. En El mundo es un puñado de polvo, el autor se ha sumergido en los personajes para entresacar de sus vivencias un orden aparente y caótico que únicamente emula los fragmentos de sus vidas. Ha visitado y desmontado los códigos de su comunicación con su propia experiencia para volver a construir un universo similar, es decir, distinto e idéntico al caos de la vida. El autor se esfuerza por mostrarnos a sus jóvenes personajes circunscritos a un espacio y a un momento concreto en la historia contemporánea de Honduras. Una colección de vivencias violentas de seres sumergidos, atrapados en su microhistoria, a la manera de un enjambre de moléculas que se entrechocan y mueren en el afán de encontrar caminos que únicamente les lleva a un devenir mortal. No hay certeza en ninguna de las salidas, no hay manera de escapar al cruce de dos adjetivos simultáneos, de un verbo violento atacando a un sustantivo. En el lenguaje está la vida, la vivencia, la experiencia caótica de la vida. En cada ramalazo de imágenes se pone de manifiesto un fragmento de vida que fue real, histórica, sangre común y corriente que brilló y se apagó en un abrir y cerrar de ojos. No es un exceso de realidad ni un afán desnaturalizado por revivir la historia ni la anécdota de los jóvenes de finales del siglo XX en Honduras. Tampoco es una proyección interesada hacia lo social, es decir, inclinada hacia una visión  sociológica. Tampoco es el relato de un recuerdo, de una aventura en un safari por las franjas de la marginalidad juvenil hondureña. Esto es literatura, deconstrucción y construcción de un mundo sostenido en el lenguaje. El autor ha recuperado su experiencia con los personajes y la ha vertido en este frasco llamado El mundo es un puñado de polvo, que fue escrito en la experiencia misma como un juego de registro vivencial. Posteriormente el autor quedó solo y continuó escribiendo, tratando de darle algún sentido a la trama, sin lograrlo más que como el mismo juego de la vida, roto el sentido lineal de la historia, porque el devenir de la vida ni es histórico ni es lineal, sino caótico, arbitrario, sin eje central y sin polos definitivos.

Alguna vez se le escuchó decir a Jorge Martínez Mejía, el autor, en una de sus incursiones en esta novela, «Todos moriremos, pero de nosotros quedará lo que rescatemos para la vida». «Jorgito, nos están matando papaíto. Estamos hablando de muerte, no de vida», respondió uno de los jóvenes desde el fondo. Este intercambio verbal entre el autor y sus personajes tiene implicaciones verdaderamente extraordinarias. Primero porque lo que para el autor es vida, para el personaje es muerte. El autor escribe con la intención de “rescatar” algo para la vida, pero los “personajes” “están” “hablando de muerte”. Indudablemente, hay dos mundos muy claramente establecidos que se encuentran únicamente en esta novela. El espacio literario es un universo totalmente distinto al espacio “real” de los seres humanos que protagonizaron esta historia, por lo tanto, el autor ha tenido dos tipos de contacto con la materia prima de su trabajo literario. Con los seres humanos en la “historia real” y con los personajes en la “ficción”.

El autor conoce las calles y las esquinas en donde anduvieron los personajes, ha caminado por esas mismas calles sin llegar a ser personaje, o tal vez sí. Tal vez el autor se ha aprovechado de los rasgos de uno de sus personajes para transmutarse y contarnos su experiencia, su propia vida. Tal vez ha usurpado escenas, capítulos enteros y ha desatado una catarsis en la que podremos encontrar sus rasgos dispersos a lo largo de la trama. Él no importa. Tampoco ha inventado un pueblo. El pueblo ya existe, la comunidad sobrevive en la ciudad de San Pedro Sula, en lo que se conoce como Sector Rivera Hernández. Lo valioso entonces, radica en la muestra de una pulsación de vida, un latido en la historia recogido por la literatura. No importa el pueblo, no importa la historia, de todo esto no se salvará ninguna intención social, sólo quedará lo que resista el ojo atento del artista, sólo lo que de literatura valga. Por tanto, esta novela viene a ser un intento por rescatar literariamente un momento de crisis social en la que más de siete mil jóvenes hondureños murieron asesinados en batallas fratricidas. Pero sólo es un pequeño cuadro narrado por un escritor que tuvo la oportunidad de sumergirse en el mundo de una desaparecida organización conocida como Generación X de la que jamás se habla en el libro. ¿Quiénes son, entonces, los personajes?

Hay que sumergirse entonces en este lugar conocido como El mundo es un puñado de polvo para observar cuál es el rumbo que tomaron en ese espacio finito que se llama novela.

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